Algunos fundamentos de una buena educación

Ahora que comienza el curso escolar, recupero otras cinco consideraciones sobre cuestiones educativas. En este caso, sobre la importancia del realismo, de la memoria, de la alegría, de enseñar lo que hay que enseñar y no otras cosas.

Explica José Jiménez Lozano que la educación antigua «no ocultaba su carácter de “doma”» mientras que la «nueva educación habla del respeto al desarrollo autónomo del niño, pero se lo modela mucho más profundamente incluso conforme a un esquema de oveja sumisa a los estereotipos del tiempo». En particular, se le «oculta todo el universo dantesco que el mundo ha sido y es. Y todo resulta como si se tratara de fabricar un rebaño de ovejas inconscientes y felices. Nosotros sabíamos que existía el mal, y que podíamos ser malos; y a lo mejor eso era traumático, pero era puro realismo». [Una estancia holandesa. Conversación (1998), Barcelona: Anthropos, 1998]

En la misma dirección va la idea de Chesterton acerca de que alguna gente que piensa y escribe acerca de la educación no suele pensar y escribir sobre los niños reales. Decía que un niño es más débil que un hombre si se trata de pelear o de conocer el mundo, pero que de ningún modo es más débil en su voluntad o en su deseo. Por eso, a quienes sostienen que no hay que señalarles lo malo sino hacerles atractivo lo bueno les hacía notar que eso, dicho así, no tiene mucho sentido: los niños tienen más vida que nosotros, lo que no tienen es ley. Lo que tenemos que decirles a los niños es que si rompen la flor no crecerá de nuevo. No necesitamos tanto enseñarles a admirar la flor como enseñarles el mal de romperla. No necesitamos insistirles en que admiren el valor, pues ya lo admiran. Necesitamos enseñarles cosas como el molesto proceso de lavarse, pues los niños no caen en el pesimismo sino en los charcos. No necesitamos, tampoco, enseñarles nuevas verdades o enseñarles a ser reformadores. El niño necesita conocer las cosas que son fijas, no las que están cambiando: debemos enseñarle la belleza y no la moda; debemos enseñarle que diga la verdad que conoce y olvidarnos de tanta palabrería acerca de animarle a buscar la verdad que no conoce. [«Moral Education in a Secular World», artículo del 30 de mayo de 1908, The Illustrated London News, Collected Works volumen XXVIII]

En relación a la importancia de la memoria, este párrafo de George Steiner: «La memoria es la Madre de las Musas, el don humano que hace posible todo aprendizaje. (…) En general, lo que sabemos de memoria madurará y se desarrollará en nosotros. (…) Cuanto más fuertes sean los músculos de la memoria, mejor protegido está nuestro ser integral. Ni el censor ni la policía pueden arrancarnos el poema recordado (testimonio, la supervivencia, de boca en boca, de los poemas de Mandelstam, de los cuales no era factible ninguna versión escrita). Se sabe que, en los campos de exterminio, algunos rabinos y estudiosos talmúdicos eran “libros vivientes”, cuyas páginas, que contenían la totalidad de sus recuerdos, podían “pasar” otros prisioneros en busca de juicio o consuelo. La gran literatura épica, los mitos fundacionales, comienzan a declinar con el “progreso” del paso a la escritura. Por todas estas razones, la eliminación de la memoria en la escolarización actual es una desastrosa estupidez». [Lecciones de los maestros (Lessons of the Masters, 2003)]

Hay un tipo de escuela o de enseñanza, propia de nuestros días, que Robert Spaemann describe como «una escuela de la falta de alegría». Es una escuela, dice, que no amplía la experiencia, no fomenta la creatividad, sino que transmite la perspectiva del ayuda de cámara. Es una escuela en la que, «antes de saber quién era Schiller se entera uno de que era una persona como tú y como yo y que no se llevaba bien con las autoridades. Antes de que saber qué es algo, uno se entera de que debería ser de otra manera. Y puesto que uno mismo no puede comprobarlo mediante experiencias adecuadas al respecto, tiene que creer al profesor». [«¿Es la emancipación un objetivo de la educación?», en Límites, acerca de la dimensión ética del actuar (Grenzen, Zur ethischen Dimension des Handelns, 2001), Madrid: Eiunsa, 2003]

Por último, a propósito de que cada uno haga bien su trabajo y no actúe como un profeta iluminado, decía Flannery O’Connor que un profesor de literatura de secundaria cumpliría con su responsabilidad si procura guiar al alumno, «a través de la mejor literatura del pasado, hasta la comprensión de la mejor escritura del presente, con el tiempo. Enseñará literatura, no estudios sociales, ni pequeñas lecciones de democracia, ni las costumbres de otras tierras. ¿Y si el alumno no lo encuentra de su gusto? Bien, lo lamentaremos. Infinitamente. Pero no debe tenerse en cuenta su gusto: se está formando». [«La literatura en el instituto», Misterio y Maneras (Mystery and Manners, 1969), Madrid: Encuentro, 2007].

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Escribo sobre libros, y especialmente sobre libros infantiles y juveniles, en www.bienvenidosalafiesta.com y en http://librosparajovenes.aceprensa.com.

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