‘Cómo ser conservador’, de Roger Scruton

Roger Scruton es un autor que, como se indica en este buen comentario a Cómo ser conservador, aúna formación filosófica, estilo elegante y sentido del humor, lo que hace su lectura muy amena y más que interesante. En reseñas como la citada y, por supuesto, en el clarificador prólogo de Enrique García-Máiquez, hay información sobre los contenidos, los aciertos y también las carencias del libro. Al final, en él se incluye la llamada Declaración de París, firmado por Scruton y otros pensadores, un texto que recoge resumidamente los propósitos del libro.

Resumo a continuación algunas ideas, formuladas casi por completo con las mismas palabras del autor, y expuestas con la intención de animar a la lectura completa del libro. Al final me detengo un poco más en los comentarios de Scruton a propósito de la cultura y la belleza, para mí los mejores del libro.

Para Scruton, «el conservadurismo surge de una intuición que todas las personas maduras pueden compartir sin problemas: la percepción de que las cosas buenas son fáciles de destruir pero no son fáciles de crear. Esto es especialmente cierto de las cosas buenas que nos llegan como patrimonio común: paz, libertad, derecho, civismo, espíritu público, la seguridad de la propiedad y la vida familiar, en todas las cuales dependemos de la cooperación de otros al tiempo que carecemos de los medios para lograrlas por nuestra cuenta. En relación a tales cosas, la obra de destrucción es rápida, fácil y euforizante; la obra de creación, lenta, laboriosa y aburrida. Esa es una de las lecciones del siglo XX». Por tanto, el conservadurismo según Scruton «es una cultura de afirmación. Trata de las cosas que valoramos y de las cosas que deseamos defender».

Enfrente se colocan quienes con frecuencia se mueven por el resentimiento que, según Nietzsche, «es la más básica de nuestras emociones sociales». Están los intelectuales cuyo prestigio se basa en «su papel a la hora de dar autoridad al rechazo de la autoridad, y a su compromiso absoluto con la imposibilidad de compromisos absolutos». Y están también quienes, por las razones que sean, cometen «el error de destruir las instituciones y procedimientos por los que se pueden reconocer los errores», y quienes, ante problemas como los planteados por el descontento popular, la inmigración masiva, u otras cuestiones, no se plantean «volver a lo que conocemos, sino avanzar hacia el vacío». En general, todos los que practican y fomentan esta cultura de repudio ignoran la razón y entronizan «al futuro como monarca sobre el presente y el pasado». Fijado «el gran objetivo, con el Estado o el partido guiando a todos los ciudadanos hacia él, entonces todo se reduce a un medio, y los fines de la vida humana se refugian en la oscuridad y en la intimidad». Y, en esta dirección, las peores modalidades surgen cuando sus partidarios entienden y exigen sus posiciones al modo de una fe religiosa y piden una sumisión absoluta que barra toda duda.

Scruton afirma que «la verdad del conservadurismo es que la sociedad civil se puede destruir desde arriba, pero crece desde abajo». Señala que los verdaderos conservadores «deberían aprender que las soluciones políticas surgen desde abajo y las moldean los motivos de la gente real. No se imponen desde arriba por quienes miran a su prójimo con recelo». Propone ser modernos en defensa del pasado y creativos en defensa de la tradición, y subraya que «las oportunidades no se fomentan cerrando cosas, sino abriendo cosas», algo que cada uno ha de tener en cuenta en su propio ámbito. Indica que de ningún modo se debe aceptar un supuesto concepto de justicia social que «tiene poco o nada que ver con lo correcto, lo merecido, con premio o retribución, y que aparece desligado en la práctica de las acciones y responsabilidades de los individuos». Y, en esta defensa de una verdadera justicia, apunta que no se puede aceptar nunca el desprecio por los muertos que «lleva a desheredar a los aún no nacidos», y que hay que rechazar siempre cualquier clase «de bandolerismo en el que los costes se transfieren a las generaciones futuras a cambio de beneficios aquí y ahora».

Debido a la facilidad con que la posición de los conservadores se presenta, y a que ellos mismos la sienten y la plantean, «como correcta pero aburrida», y en cambio muchos ven «la de sus detractores como emocionante» aunque sea falsa, los conservadores tienen una cierta «desventaja retórica», por lo que a menudo defienden sus posturas en el lenguaje de la lamentación o actúan de modo acomplejado en los debates intelectuales. Aunque ocurra con frecuencia que «la gente huye de las verdades incómodas, y construye muros que las oculten a la vista», es necesario encontrar el modo de mostrarlas, el modo de impedir que minorías estridentes censuren de modo abusivo a quienes las exponen, y el modo de desenmascarar los argumentos superficiales que se usan al abordar asuntos serios.

En esta dirección es básica la defensa de la libertad de expresión. «El derecho a dar testimonio es fundamental para la civilización occidental. Declarar nuestras creencias sin amenazar con violencia a quienes no las comparten y sin pretender tener derecho a otra cosa que al espacio para darla a conocer, es una de las premisas tácitas de la ciudadanía tal como hemos venido a entenderla», y es importante tener en cuenta que, hoy día, «en su mayor parte, la censura se ejerce ahora por intimidación». Scruton recuerda que «la tolerancia no significa renunciar a todas las opiniones que otros puedan encontrar ofensivas. No significa un relajado relativismo o la creencia de que “todo vale”. Al contrario, significa aceptar el derecho de otros a pensar y actuar de un modo que desapruebas. Significa estar dispuesto a proteger a la gente de la discriminación negativa aun cuando odies lo que piensan y lo que sienten».

Otras instituciones que necesitan defensa son la familia y la Iglesia, «las instituciones que crean dominios de valor y autoridad fuera del alcance del Estado». Por supuesto, indica Scruton, «pueden surgir nuevas formas de asociación familiar, y las antiguas pueden decaer, pero sigue siendo una verdad básica que la familia es un lugar en el que se construyen y disfrutan los fines de la vida. Proporciona nuestra imagen primaria de hogar, el lugar que — si las cosas nos van bien — ansiamos redescubrir un día, el tesoro de sentimientos que volvemos a abrir a nuestros propios hijos». Luego plantea que lo religioso, en el sentido más amplio del término, «abarca todos los intentos de las comunidades humanas de racionalizar su destino, reafirmar su solidaridad y reconocer la “presencia real” entre ellos de algo que les supera». Cuando vemos algo «como intrínsecamente merecedor de nuestra atención, estamos en disposición de recobrar la cosmovisión religiosa, por solitaria que sea nuestra emoción y lo lejos que podamos estar de cualquier fe trascendente».

Esa última idea señala «otro dominio de valor, que es la cultura que hemos levantado en torno a la experiencia de la belleza. La cultura de la belleza nos es inmensamente valiosa, transmite una visión del hogar y del anhelo que nos inspira en nuestros momentos de mayor soledad y que arroja una luz en medio de nuestras mayores desdichas». Explica bien Scruton que hay una jerarquía en la cultura, que hay un arte verdadero y un arte falso, y por tanto que al respecto se pueden hacer juicios y que tales juicios son importantes.

A nuestro alrededor hay quienes entienden que el arte ha de perturbar, subvertir o transgredir certezas morales, que el arte no ha de buscar la belleza sino la originalidad — conseguida de cualquier modo y a cualquier coste moral — y que incluso sienten «recelo hacia la belleza, como si fuera un trasunto del kitsch, algo empalagoso y demasiado inocuo» para un artista moderno serio. Son muchos los que han extendido «un hábito de profanación en el que el arte, más que celebrar la vida, hace de ella el blanco de sus ataques» y, al hacerlo, va debilitando cada vez más nuestra fe en la naturaleza humana. Pero «hay una lección contenida en la cultura de profanación: al tratar de mostrarnos que nuestros ideales humanos son banales, se muestra a sí misma banal. Y cuando algo se revela banal, es hora de deshacerse de ello».

Pues bien, asegura Scruton, contra el hábito de la profanación «tenemos que promover y redescubrir la belleza artística. Tenemos que recordar que «para artistas como Edward Hopper, Samuel Barber y Wallace Stevens, la transgresión ostentosa era mero sentimentalismo, un modo barato de estimular al público y una traición a la tarea sagrada del arte, que es magnificar la vida como es y revelar su belleza». Tenemos también que «reconocer como héroes de nuestro tiempo» a los escritores, compositores, arquitectos, etc., «que han mantenido la belleza en su sitio, permitiéndola brillar por encima de nuestro atormentado mundo y apuntar hacia un camino en nuestra tiniebla». Frente al estruendo de la profanación que — amplificado ahora por internet — ahoga la voz de la humanidad, debemos fijarnos «en los verdaderos apóstoles de la belleza en nuestros días», los verdaderos «conservadores» de nuestro tiempo, admirarnos por su trabajo y seguir su camino.

Tenemos que atender también, continúa Scruton, a las tradiciones artísticas y filosóficas que ofrecen nuestro paradigma de cultura. «Y el principio que estructura una tradición también discrimina dentro de ella, creando un canon de obras maestras, los monumentos recibidos, las “piedras de toque”, como las llamó en una ocasión Matthew Arnold, cuya apreciación y comprensión es la meta de la educación humanista. De ahí que la defensa conservadora de dominios de valor se centre en el canon y en mantener presente en las mentes de los jóvenes esas grandes obras que crearon el mundo emocional en el que vivimos, sean o no ya conscientes de ello».

Roger Scruton. Cómo ser conservador (How to Be a Conservative, 2014). Madrid: Homo Legens, 2018; 312 pp.; trad. de Carlos Esteban; prólogo de Enrique García-Máiquez; ISBN: 978–8417407162.

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Escribo sobre libros, y especialmente sobre libros infantiles y juveniles, en www.bienvenidosalafiesta.com y en http://librosparajovenes.aceprensa.com.

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