Recupero unos textos chestertonianos sobre distintos tipos de fanáticos: los tontos, los modernos, los ilógicos, los provincianos. Ni que decir tiene que, con frecuencia, los de una clase pertenecen también a las otras.

El fanatismo es «la incapacidad de concebir alternativa a cualquier proposición, y nada tiene que ver con la proposición misma». Así, «no es fanatismo, por ejemplo, tratar el Corán como algo sobrenatural. Pero es fanatismo tratar el Corán como algo natural y obvio para cualquiera y común a todos. No es fanatismo por parte de un cristiano considerar paganos a los chinos. El fanatismo empieza, más bien, cuando se empeña en verlos como cristianos». En definitiva, el fanático es el hombre con una mente incapaz de imaginar cualquier otra mente, es el personaje a quien oímos decir cosas como «“ninguna persona ilustrada podrá sostener que…” o “no soy capaz de entender como el señor Fulano puede llegar a decir…”, seguidas de una opinión muy antigua, moderada y perfectamente defendible». Por el contrario, «el hombre libre no es aquel que piensa que todas las opiniones son igualmente verdaderas o falsas, pues eso no es libertad sino debilidad mental. El hombre libre es aquel que ve los errores con la misma claridad que la verdad». Es quien puede «imaginar el plano completo de un error, la completa lógica de una falacia, y aunque no crea en ellos, es igualmente ser capaz de concebirlos».

Si a los fanáticos del pasado se les acusaba de haber sido unos tiranos en nombre de la verdad eterna, los fanáticos del presente actúan tiránicamente invocando algunas opiniones temporales: algo así como si un inquisidor dijera que «te voy a quemar por lo que tú piensas hoy, que seguramente será lo que piense yo mañana». Vivimos en el único periodo de la historia donde muchos están orgullosos sólo de ser modernos, donde muchos presumen de que hoy no es ayer.

En nuestro mundo se aplica la palabra fanático (o estricto, o intolerante, o estrecho), a dos estados mentales que no sólo son diferentes sino opuestos: al de quien es lógico y al de quien es ilógico, al de quien tiene una doctrina neta y al de quien tiene un mero prejuicio (o un sentimiento, o un instinto, si se quiere). Porque un hombre debe tener algo y si no tiene doctrina tiene prejuicios. Esto lo vemos en el viejo puritano teológico, que tenía principios, y el puritano moderno, que tiene sólo prejuicios. Mientras los del primer tipo rechazaban cosas que amaban porque pensaban que eran malvadas, los del nuevo tipo rechazan las cosas que odian y, sencillamente, las llaman malvadas.

En nuestro mundo abundan quienes hablan de tolerar todas las opiniones, un tipo de fanáticos provincianos que sólo tienen una opinión y que ignoran que hay opiniones que son, en el sentido literal y en el legal, intolerables. La frase moderna vaga de que cada sentimiento debe ser tolerado en cuanto sea sincero pasa por alto que la sinceridad es un atenuante de cosas parcialmente malas, pero es un agravante de las cosas enteramente malas. Que un hombre sea un mormón sincero lo hace mejor, pero que sea un satanista sincero lo hace peor. Hay teorías tan viles, hay creencias tan abominables que uno puede soportar su existencia sólo negando su sinceridad. La sinceridad en esos casos no tiene valor moral. Si no podríamos decir que un caníbal sinceramente goza comiendo misioneros.

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Escribo sobre libros, y especialmente sobre libros infantiles y juveniles, en www.bienvenidosalafiesta.com y en http://librosparajovenes.aceprensa.com.

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