‘El arte de la fragilidad’, de Alessandro D’Avenia

Ahora que comienza el curso se puede recordar este libro que su autor dirigió a sus alumnos adolescentes. Es una colección de cartas que siguen un poco la biografía del poeta italiano Giacomo Leopardi y que se presentan divididas en cuatro partes que se titulan «Adolescencia o el arte de tener esperanza», «Madurez o el arte de morir», «Reparación o el arte de ser frágiles» y «Morir o el arte de renacer». En ellas el autor recuerda textos y situaciones de la vida tan problemática de Leopardi, cuenta experiencias que ha tenido como profesor y escritor, tomando pie de cartas que ha recibido o de comentarios que le han hecho chicos y chicas jóvenes, y reflexiona sobre cuestiones literarias, educativas y antropológicas.

Parece difícil que el libro tenga en otros países el éxito que ha tenido en Italia pues, a pesar de que tiene calidad literaria y planteamientos sugerentes, está muy centrado en textos familiares para muchos en aquel país pero no en otros, y además entiendo que no todos los públicos conectarán con su estilo barroco y su tono algo enfático. Por otro lado, a pesar de que la traducción es buena he detectado frases algo inconexas que deberían ser corregidas, por ejemplo en la página última pero no sólo en ella. Dicho lo anterior, hay que añadir que son muchas las ideas y formulaciones felices: los educadores, y los jóvenes que sean buenos lectores, disfrutarán con los abundantes comentarios jugosos que se hacen, como algunos que pongo a continuación.

— La poesía. El autor propone que hay que entender la poesía como «un ejercicio de asombro», como «una ética y una estética de lo cotidiano, accesible a todos, practicable por todos, sea lo que sea a lo que nos dediquemos en la vida». Citando a Brodsky habla de que la poesía es «el acelerador mental más eficaz que hay» y explica bien que primero es la poesía «y sólo después vienen las poesías». Y dice: «¿Qué es la poesía sino un canto a todo aquello que no debería acabarse nunca? Casi un rito de resurrección, casi la esperanza misma de que todo pueda siempre renovarse, poniéndose al servicio de la frágil belleza del mundo».

— El trabajo del profesor. «Como profesor y como escritor estoy llamado a custodiar, curar, reparar alumnos y palabras, precisamente porque son preciosamente frágiles». El autor se lamenta de que la escuela, muchas veces, enseña «que la belleza es aburrida, superflua e inútil» y pone como ejemplo que «los dos libros más odiados por los italianos son la Divina Comedia y Los novios, cuya grandeza se mide, precisamente, por su capacidad para resistir los ataques de la escuela, que los reduce “a fragmentos” y tiende a usarlos como un pretexto para hacer análisis gramaticales en vez de cómo textos para construir la vida».

— Certezas en la escuela. «Una vez un colega me criticó, diciéndome: “En la escuela hay que sembrar dudas, no certezas”. No creo que en la escuela la disyuntiva esté entre la duda o la certeza, sino entre la libertad y la esclavitud. No se trata de sembrar certezas, sino de potenciar el uso de la libertad hacia aquello que es verdadero, bueno y hermoso para ampliar el radio de acción de la verdad, la bondad y la belleza, las tres cosas que hacen que una vida sea apasionada y apasionante. Si no tuviésemos un mínimo de certezas, ¿por qué explicar a Shakespeare, a Homero y a Dante? ¿Por qué las leyes de la física? ¿Por qué la vida de las estrellas y de las células? Si lo hacemos es porque creemos que eso sirve para orientarse en el mundo, para habitarlo, también cuando se vuelve inhóspito».

— La diversión.
Son excelentes las observaciones sobre modas, piercings, tatuajes y demás «sucedáneos de originalidad», o las que se hacen sobre cómo «cubrimos nuestra fragilidad con una coraza tecnológica que nos permita no notarla». Igual que lo son los comentarios acerca de que «la diversión di-vierte, des-centra, aleja, cuando lo necesario sería, en cambio, con-verger, con-centrarse, conducir al centro y partir desde él. La vida solo se puede atrapar a partir del recogimiento. La diversión, entendida como evasión, se puede alimentar y repetir a ultranza, pero el vacío sigue ahí, es más, la diversión se convierte en el modo de no sentirlo, como quien tiene la radio y la televisión encendidas como ruido de fondo, aunque no las escuche, porque le da demasiado miedo el silencio y la verdad que comporta».

— Otras citas:

«La vida nunca es pobre, lo que es pobre es nuestra mirada, incapaz de leer la realidad a más de un nivel, porque no se han activado nuestros espacios interiores más profundos».

«Un niño privado de cuentos es un niño al que se priva del guión que necesitará para construir su historia» (afirmación en la que resuenan unas palabras de Alasdair MacIntyre: Un animal que cuenta historias)

«La verdad de la muerte, el límite por excelencia, tanto físico como espiritual, revela qué es esa tensión juvenil hacia el infinito: solo un dedo que señala con avidez hacia la muerte».

«No existe artista que no crea en la eternidad, quizá no explícitamente sino en los hechos porque busca por cualquier medio rescatar la belleza del tiempo y de la muerte».

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Alessandro D’Avenia. El arte de la fragilidad: cómo la poesía te puede salvar la vida (L’arte di essere fragile, 2017). Madrid: La Esfera de los Libros, 2017; 265 pp.; trad. de Isabel Prieto; ISBN: 978–84–9164–085–1.

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Escribo sobre libros, y especialmente sobre libros infantiles y juveniles, en www.bienvenidosalafiesta.com y en http://librosparajovenes.aceprensa.com.

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