A propósito de La discreción del bien me han preguntado a veces qué obra de Dostoievski recomendaría. Aunque tal cosa depende de para quién, claro está, suelo responder que Los demonios es la obra que mejor se adapta a nuestras circunstancias pues, según Joseph Frank, es un retrato asombrosamente profético de los quienes se presentan como revolucionarios, desde los días de Dostoievski hasta los nuestros.

De la intención que tuvo Dostoievski al escribirla dijo él mismo que deseaba reflejar cómo incluso los de corazón más puro y los más ingenuos pueden ser involucrados en maldades monstruosas y cómo precisamente ahí está todo el horror de la situación: «es así en todo el mundo, desde el principio de los siglos, en los tiempos de transición, en los tiempos de revoluciones en la vida de la gente, de dudas y negaciones, del escepticismo y de la inestabilidad sobre las fundamentales convicciones sociales».

Se ve, creo yo, en dos textos. Uno, sobre por qué las proclamas de algunos políticos tienen éxito:

«¡Todo el secreto de sus efectos consiste en su estupidez! Sí, señoras y señores, si esa estupidez fuera deliberada, calculadamente fingida, ¡ah, eso sería una ocurrencia genial! Pero hay que ser absolutamente justo con ellos: no han fingido nada. Se trata de la estupidez más sencilla, más candorosa, más limitada… (…) Si hubieran puesto un ápice más de perspicacia, todo el mundo habría visto enseguida la absoluta nimiedad de esa estupidez. Pero ahora todo el mundo anda perplejo: nadie piensa que puede ser una estupidez elemental. “Imposible que eso no venga con segundas”, dice para sí cada cual, poniéndose a buscar el secreto, viendo en ello un misterio, queriendo leer entre renglones… ¡y así se logra el efecto! Nunca antes ha recibido la estupidez tan triunfal galardón a pesar de haberlo merecido muy a menudo… Porque, (…) la estupidez, como el genio eximio, son de pareja utilidad en la configuración del destino humano…».

Otro, acerca de por qué proliferan los canallas en épocas turbulentas:

«En épocas turbias, de incertidumbre y transición, aparecen siempre y por doquier gentes de medio pelo. No hablo de los llamados “progresistas”, de los que siempre se dan más prisa que los demás (tal es su afán cardinal), cuyos propósitos, aunque a menudo descabellados, están más o menos definidos. No. Hablo sólo de la canalla. En todo periodo de transición surge esa canalla de la que ninguna sociedad está libre, y surge no sólo para sembrar con ahínco la inquietud y la impaciencia. Y, sin embargo, esa canalla, sin advertirlo siquiera, cae casi siempre bajo el caudillaje de un puñado de “progresistas”, que ya sí obran con un propósito definido, y son los que llevan a ese hato de truhanes a donde les da la gana, si es que ese puñado de “progresistas” no es también un puñado de sandios, lo que, por otra parte, sucede más de una vez».

Escribo sobre libros, y especialmente sobre libros infantiles y juveniles, en www.bienvenidosalafiesta.com y en http://librosparajovenes.aceprensa.com.

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