‘Fracasología. España y sus élites: de los afrancesados a nuestros días’, de María Elvira Roca Barea

Como escribí en su momento un largo comentario a Imperiofobia y leyenda negra, hay quienes me han preguntado mi opinión sobre Fracasología, el nuevo libro de María Elvira Roca Barea. No soy capaz, ni de lejos, de hacer un juicio completo, pues mis conocimientos históricos no son tantos como para valorar bien las afirmaciones que se hacen, pero me gusta el valor de la autora para opinar sin temor a las olas que levantarán sus afirmaciones, me parece que la tesis de fondo se prueba de sobra, y he pasado unas horas de lectura muy amenas en las que he aprendido unas cuantas cosas.

Es un libro con tres partes. En la primera, «El siglo de las luces y las sombras», se habla de que, a la muerte de Carlos II, el último de los Austrias, la llegada de los Borbones supuso el comienzo de la dependencia política y cultural de Francia y, unida con ella, una visión catastrofista del imperio español anterior: a lo largo del siglo XVIII, entre las élites españolas se instala y se afianza la idea de «España como error y como fracaso, de la España atrasada e inquisitorial, enemiga del progreso y de la ciencia»; una visión negativa de lo nuestro que tenemos los españoles pero que, insiste la escritora una y otra vez, los habitantes de otros países no poseen hacia el suyo.

En la segunda, «De la guerra de la independencia al 98», habla del afrancesamiento de las élites españolas, que ya entonces pensaban, igual que muchos han seguido pensando luego, que lo mejor que le podía ocurrir a España era ser derrotada en la Guerra de la Independencia, mientras que ni mucho menos pensaba lo mismo el pueblo llano — «investigar esta extraña desconexión es el objetivo de este ensayo» — ; habla de las críticas a España desde Inglaterra, y compara los distintos modos de actuar de ambos imperios, y termina con el «autoflagelo noventaiochista» que, a fin de cuentas, viene a decir, es la crisis de fin de siglo que tuvieron también otros países.

En la tercera, «Siglos XX y XXI», se centra en la influencia germana en la vida cultural española, se critica la tesis tan extendida de Max Weber acerca de la vinculación entre el éxito del capitalismo y la ética protestante, y se comenta el desacierto de muchos intelectuales a la hora de hablar de España: a un comentario de Unamuno acerca de que Castilla catolizó España replica que «no se entiende bien por qué Castilla “catolizó” España. Como si Aragón o Galicia hubieran sido sintoístas»; al debate que tuvieron Américo Castro y Sánchez Albornoz acerca del «ser» de España lo viene a calificar de irrelevante: «¿Qué es eso del “ser” de España?».

En lo que yo veo, los reproches que se le pueden hacer al libro son de equilibrio. Podría ser más sintético y evitar repeticiones, aunque supongo que la autora también trata de remachar sus puntos con ejemplos abundantes. Podría concentrar más el tiro: sus observaciones tienen el efecto de una gran perdigonada que se desparrama en muchas direcciones. Podría tener un tono más neutro y menos sarcástico — que sería más del agrado del mundo académico — , pero parte del tirón del libro está también en su ironía tan contundente. Podría matizar más algunas críticas de detalle a ciertas obras o autores que, aun siendo ciertas en el pormenor que comenta, pueden dejar una impresión injusta en el lector que no los conozca. Podría evitar algunos paralelismos, poco convincentes para mí, entre los escenarios históricos de siglos pasados y ciertos escenarios políticos de hoy.

Por otro lado, un efecto inevitable del libro previo y de este es que, al atacar con tanto ímpetu la imperiofobia y la fracasología es fácil que muchos lectores acaben siendo imperiófilos y triunfófilos; que, al mostrar el éxito de la propaganda y las mentiras contra España, la propuesta que indirectamente se resalta es la de que ojalá España y los españoles hubiesen usado iguales armas que las que otros han usado contra ellos. También, al exponer los fracasos de otros, como para callarles si vienen presumiendo, es fácil que no pocos lectores adopten la posición de quien habla en los términos tan lamentables y tan habituales hoy de no responder a las críticas sino atacar con un «y tú más».

Pero los beneficios de la lectura de Fracasología son muchos. Da mucha información y mucho material para la reflexión. Hace notar la doble vara de medir que muchos usan, y a lo mejor nosotros mismos usamos, en algunos asuntos y a la hora de formular algunos juicios. Enseña que deberíamos huir como de la peste de los calificativos genéricos — como «medieval» — que nada explican y que, al final, solo indican ignorancia. Acentúa que deberíamos saber más de historia comparada o, si se quiere decir de otra manera, que deberíamos aprender a poner en un contexto más amplio aquellas cosas que sabemos o que pensamos que sabemos.

Además, en mi caso, me ha servido para rectificar opiniones y para ser más consciente de algunas cosas. Por ejemplo, he sabido que no eran ciertos algunos clichés que daba por sentados como el de Carlos II el Hechizado, de quien se dice que «ningún monarca español es tan mal conocido». He sabido que los marinos españoles sabían luchar contra el escorbuto en alta mar mucho antes de que lo descubriera el capitán Cook (información que no leí en un libro sobre sus viajes) y que «el calendario que hoy rige el mundo salió del trabajo de matemáticos y astrónomos de la Universidad de Salamanca en el siglo XVI». He sido más consciente de que hay épocas y sucesos de la historia de España en los que la Wikipedia es muy poco fiable.

Para terminar este comentario, dos cosas más.

Primera, un párrafo que da idea del tono combativo y divertidamente sarcástico de la autora, en el que se refiere a un tema eterno de la historiografía española: el de la decadencia. Dice: «Obsérvese que Francia nunca decae. Pierde todas sus colonias americanas, pero no decae. Sufre un baño de sangre con la Revolución francesa, pero no decae. Pierde las guerras napoleónicas, pero no decae. Es invadida por Alemania varias veces y tiene un Gobierno títere del nazismo, pero no decae. ¿Y por qué no decae? Porque, tras cada descalabro, aparece una legión de intelectuales franceses que le explican al mundo entero que lo ocurrido en el fondo ha sido para bien. Lo que tenemos en España después de cada traspiés es una legión de autores que se tiran como descerebrados a la historia de España para explicar males atávicos e inevitables que vienen del pasado (Habsburgo, sin duda), atrapados en una temática de la España anómala, exótica o inquisitorial que se cura en cuanto se hace un sano ejercicio de historia comparada»

Segunda, unas afirmaciones de Julián Marías en su Breve tratado de la ilusión que recordé al leer el libro y que busqué para poner aquí: «Se dirá que la vida española durante el último siglo y medio ha solido aparecer cruzada por una ininterrumpida quejumbre; que la política, el costumbrismo, la literatura de ficción, la poesía, se han lamentado más que en otras partes (o que en España en otras épocas); se dirá como explicación de ello, que las cosas “han ido mal”, que han sido casi siempre lamentables. Pero si se analizan como ahora empieza a ser posible, se encuentra que no lo han sido tanto como parecía, que la quejumbre estaba inspirada muy principalmente por ese parecer. (…) Es una constante la actitud desilusionada de los españoles recientes; pero hay que señalar que la desilusión supone la ilusión, como el absurdo se funda en el sentido (…) o la falsedad adquiere su significación en el horizonte de la verdad. Creo que España no es inteligible, especialmente en los últimos dos siglos, si no se la ve como distendida entre esa dualidad ilusión-desilusión».

María Elvira Roca Barea. Fracasología. España y sus élites: de los afrancesados a nuestros días (2019). Barcelona: Espasa, 2019; 526 pp.; ISBN: 978–84–670–5701–0.

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Escribo sobre libros, y especialmente sobre libros infantiles y juveniles, en www.bienvenidosalafiesta.com y en http://librosparajovenes.aceprensa.com.

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