La marca distintiva del nacionalismo populista: el odio a los adversarios

El Hitler de la historia: juicio a los biógrafos de Hitler, de John Lukacs, es, afirma el autor en la introducción, «la historia de una historia: la historia de la evolución de nuestro conocimiento de Hitler, tal y como ésta se observa en los escritos de un amplio surtido de sus múltiples biógrafos».

Lukacs señala cómo «el propósito de la historia a menudo no es tanto una relación definitiva de los acontecimientos de un periodo como la descripción y comprensión histórica de algunos problemas: descripción, mejor que definición, y comprensión mejor que omnisciencia, ya que si bien no es posible completar de manera perfecta nuestro conocimiento del pasado, un conocimiento razonable y adecuado de éste entra dentro de nuestras capacidades».

Vale la pena conocerlo y atender al cuidado con que Lukacs aplica los que llama sus principios de comprensión histórica: la «diferencia entre motivos y propósitos, entre racismo y nacionalismo, entre nacionalismo y patriotismo, entre opinión pública y sentimiento popular, entre nacionalsocialismo y fascismo (e incluyo aquí los paralelos irrazonables que bajo la categoría de “totalitarismo” se han establecido entre nacionalsocialismo y comunismo, incluso entre Stalin y Hitler)».

Es interesante recordar cómo, antes de llegar a la conclusión de que Hitler fue un nacionalista extremo, «tal vez el que más de todas las personalidades destacadas del siglo XX», y de que por eso en él «el odio hacia sus adversarios era más fuerte y menos abstracto que el amor por su pueblo», una «marca distintiva de la mente de todo nacionalista extremo», John Lukacs hace unas interesantes distinciones:

«Cuando Samuel Johnson pronunció su célebre dictamen “el patriotismo es el último refugio de un canalla”, quería decir nacionalismo, ya que esa palabra aún no existía en inglés. El patriotismo (como observa George Orwell en uno de los pocos ensayos existentes acerca de su diferencia con el nacionalismo) es defensivo, mientras que el nacionalismo es agresivo; el patriotismo está arraigado en la tierra, en un país particular, mientras que el nacionalismo se aplica al mito de un pueblo (de hecho, a una supuesta mayoría); el patriotismo es tradicionalista, el nacionalismo es populista. El populismo es völkisch (folkish), el patriotismo no lo es. Este fenómeno — o, mejor, tendencia — es casi universal en el siglo XX; el siglo XIX estuvo lleno de nacionalistas liberales, algunos de ellos personajes ejemplares y nobles, en el siglo XX esto rara vez fue así. Cien años antes, la distinción de Orwell (1943) entre nacionalismo y patriotismo habría parecido forzada, habría tenido relativamente poco sentido. Incluso hoy el nacionalismo y el patriotismo se solapan a menudo en la mente y el corazón de una misma persona. Sin embargo, debemos ser conscientes de las diferencias entre ellos; debido al fenómeno del nacionalismo populista que, al contrario que el anticuado patriotismo, es inseparable del mito de un pueblo. Es posible ser un patriota y, al menos culturalmente, cosmopolita, pero un populista es, de modo inevitable, una especie de nacionalista mediocre. El patriotismo, igualmente, es menos racista que el populismo: un patriota no excluiría a una persona de otra raza de la comunidad en la que han convivido y a la que conoce de hace muchos años, pero un nacionalista siempre mantendrá sus recelos hacia alguien que no parece pertenecer a su pueblo, o, más probable, a su manera de pensar. “El nacionalista patriotero”, dijo con acierto Alfred Duff Cooper, “es siempre el primero en denunciar por traidores a sus compatriotas”».

John Lukacs. El Hitler de la historia: juicio a los biógrafos de Hitler (The Hitler of History, 1997). Madrid: Turner, México: Fondo de Cultura Económica, 2003; 293 pp.; trad. de Saúl Martínez; ISBN: 84–7506–595–3.

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Escribo sobre libros, y especialmente sobre libros infantiles y juveniles, en www.bienvenidosalafiesta.com y en http://librosparajovenes.aceprensa.com.

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