‘Las novelas de Torquemada’, de Benito Pérez Galdós

Luis Daniel González
6 min readNov 27, 2021

Hubo un momento, el año 2020, que decidí volver a leer la primera serie de los Episodios Nacionales. Después, al leer Galdós. Una biografía, de Yolanda Arencibia, me propuse leer algunas novelas del autor que no conozco y releer otras que sí recordaba. En este segundo caso están Las novelas de Torquemada: cuatro relatos que comenzaron cuando, durante los primeros meses de 1889, Galdós escribió en un mes escaso Torquemada en la hoguera, y se completaron cuando después volvió a la historia de su protagonista y, en solo año y medio, redactó tres entregas sucesivas: Torquemada en la cruz (1893), Torquemada en el purgatorio (1894) y Torquemada y San Pedro (1895).

Su protagonista, don Francisco de Torquemada, era un personaje menor de una novela previa, un usurero mezquino con igual nombre que el más famoso de los inquisidores. En el primer relato, cuando su inteligente y bondadoso hijo Valentín cae gravemente enfermo, se vuelve compasivo y generoso para intentar así ganarse a Dios y que le conceda la curación de su hijo. En el segundo, cinco meses después, vemos a don Francisco en relación con unos aristócratas arruinados, las hermanas Cruz y Fidela del Águila, y su hermano ciego Rafael; y asistimos a su transformación social gracias a un amigo de esa familia, José Ruiz Donoso, que precipita los acontecimientos hasta conseguir la boda de don Francisco con Fidela. En el tercero, ya casado con Fidela, Torquemada ha de ir transigiendo con lo que le pide Cruz: le causan una enorme angustia los derroches que ha de ir haciendo para mantener su tenor de vida, por más que su riqueza crece y su ascensión social es imparable; le consuela su esperanza en que su pequeño hijo llegue a ser como el fallecido Valentín; y asiste al sufrimiento de su esposa y su cuñada debido al comportamiento cada vez más distante y errático de su hermano Rafael, incapaz de aceptar la boda de su hermana. En la cuarta y última entrega la familia vive ya en un palacio suntuosamente amueblado, adquirido a su pesar por Torquemada, que intentará un último negocio en sus tratos con el padre Gamborena: el de su salvación eterna.

Indica la biógrafa cómo «el Galdós experimentado en técnicas teatrales juega con los espacios como elementos de una acción que avanza prendida en momentos críticos, que — eficazmente — suelen preceder a los finales de las novelas, como el cierre de una escena o la caída del telón». El narrador omnisciente maneja documentación ajena o interpone otros narradores ficticios, hace apelaciones y advertencias al lector, y a veces le hace notar los efectos del comportamiento de Torquemada en otros. Los personajes secundarios son magníficos pero toda la novela está centrada en su protagonista, cuyo ascenso social está vinculado con la forma en que va reconstruyendo su personalidad según va cambiando y mejorando su modo de hablar y su saber estar.

Al principio Torquemada se va entusiasmando con las frases hechas que oye o que lee en la prensa y las va incorporando a su lenguaje. Al principio nos mostrará el narrador cómo aprende a decir «plantear la cuestión, en igualdad de circunstancias, hasta cierto punto, y a grandes rasgos»; que adquiere expresiones como «ad hoc (pronunciaba azoc), partiendo del principio, admitiendo la hipótesis, en la generalidad de los casos»; y la gran conquista que supuso «aquello de llamar a todas las cosas el elemento tal, el elemento cual» pues, aunque pensaba «que no había más elementos que el agua y el fuego», luego se dio cuenta de que era «muy bello decir los elementos conservadores, el elemento militar, el eclesiástico, etc.».

Más adelante hablará de cómo «sus amaneramientos de lenguaje saltaban a la vista: si había que manifestar algo del objeto o fin de una cosa, decía el objetivo, y en corto tiempo infinidad de objetivos salieron a relucir, a veces con dudosa propiedad, verbigracia: “No sé para qué riegan tanto las calles, pues si el objetivo es que no haya polvo, lo que procede es barrer primero… Pero nadie como nuestro Municipio (jamás decía ya el Ayuntamiento) para tergiversar las operaciones”. También reveló un tenaz empeño de que se supiera que sabía decir por ende, ipso facto, los términos del dilema, bajo la base. Esto principalmente le cautivaba, y todo lo consideraba bajo tales o cuales».

En el futuro, cuando Torquemada ya es un personaje conocido en la sociedad madrileña, el narrador mencionará, entre otros, al licenciado Juan de Madrid, «cronista tan diligente como malicioso de los Dichos y hechos de don Francisco Torquemada», para mostrar sus muchos progresos: «Por los papeles del Licenciado sabemos que desde noviembre decía don Francisco a cada momento: así se escribe la historia, velis nolis, la ola revolucionaria, y seamos justos. Estas formas retóricas, absolutamente corrientes, las afeaba un mes después con nuevas adquisiciones de frases y términos no depurados, como (…) el maquiavelismo, aplicado a cosas que nada tenían de maquiavélicas».

Con todo, en este aspecto el narrador acaba rindiéndose a su héroe: aunque a veces nos indica que «observaba y aprendía con pasmosa asimilación todo lo bueno que le entraba por los oídos, adquiriendo conceptos muy peregrinos, como: no tengo inconveniente en declarar…, me atengo a la lógica de los hechos», también señala que tardó poco tiempo en «realizar verdaderas maravillas gramaticales, y a no hacer mal papel en tertulia de personas finas, algunas superiores a él por el conocimiento y la educación, pero que no le superaban en garbo para sostener cualquier manoseado tema de controversia, al alcance, como él decía, de las inteligencias más vulgares».

Sin embargo, la novela también deja claro que Torquemada sigue siendo el mismo del principio. Si al morir el pequeño Valentín al principio nos dice el narrador que cortó «toda clase de relaciones con el Cielo» y mandó todas las imágenes de la casa en «un gran canasto a la bohardilla, donde ya se las entenderían con las arañas y ratones», parecida reacción tendrá cuando muera Fidela: «¿Es esto justo? ¿Es esto misericordioso y divino?… ¡Divino! Vaya unas divinidades que se gastan por arriba. Pues yo le digo a Su Señoría que no me ha convencido, y que todo eso de infinitamente sabio, infinitamente… qué sé yo, lo pongo en cuarentena. Ea, no me gusta adular a los poderosos, a los que están por encima de mí. La adulación no se compadece con mi carácter. Tengamos dignidad. ¿Y qué es el rezo, más que una adulación, verbigracia, besar el palo que nos desloma? Yo… al fin y al cabo…, rezaría, si fuese preciso, si supiera que había de encontrar piedad; pero…, como si lo viera…, ¡piedad! ¡Ah, quien no te conozca que te compre!».

Por último, el párrafo que sigue, de Yolanda Arencibia, explica bien el propósito de más alcance del autor de presentar un retrato de la sociedad en la que vivía:

«Puede verse la tetralogía como la parodia genial que Galdós construyera a partir del tipo literario del avaro o usurero de la comedia de costumbres, contextualizado en la dialéctica histórica del cambio social y el desarrollo de la clase media española. Nada es inocente del todo en el Galdós que afirmó no haber escrito una línea sin intención de dejar huella. Porque el aprendizaje que ahora se narra transcurre sobre el telón de fondo de los acontecimientos políticos y culturales de la época en la que la sagacidad del prestamista ha de triunfar frente a la incompetencia para los negocios de la gente culta del momento. El mezquino avaro asciende al rango de aristócrata a cambio de rehabilitar económicamente el tradicionalismo decadente con quien emparenta y con el que consigue ser cada vez más rico. (…) La historia de Torquemada es, además, una propuesta de explicación para la España del momento, envuelta toda ella en la distancia atractiva del arte galdosiano, que maneja el humor como herramienta privilegiada de su taller. Ya su lector lo sabe y lo aprecia; sabe además que el realismo del autor no es etiqueta estética, sino que nace de una convicción profunda de la utilidad social, la necesidad íntima de explicación, que subyace en cualquiera de los escritos galdosianos. No la necesita el lector común para apreciar el texto y disfrutar de él; pero ilumina la indagación del que profundiza en cuestiones de fondo (siempre imbricados en los de forma) para añadir a la creación literaria significaciones de documento sociocultural y, en ocasiones, autobiográfico».

Benito Pérez Galdós. Las novelas de Torquemada (1889–1895). Madrid: Alianza editorial, 2014; 696 pp.; col. El libro de bolsillo, Biblioteca Pérez Galdós; ISBN: ‎ 978–8420689586.

Yolanda Arencibia. Galdós. Una biografía (2020). Barcelona: Tusquets, 2020; 896 pp.; col. Tiempo de Memoria; ISBN: 978–8490668023.

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Luis Daniel González

Escribo sobre libros, y especialmente sobre libros infantiles y juveniles, en www.bienvenidosalafiesta.com.