Pongo a continuación comentarios a los libros de Svetlana Alexiévich que he leído. Todos son extraordinarios y, en conjunto, dan mucha idea de qué clase de sociedad fue la soviética durante tantas décadas del siglo pasado, del dolor causado y de los océanos de sangre vertidos por el comunismo, tal como dice en la introducción a El fin del “Homo sovieticus” cuando recuerda la famosa frase de Lenin de que hay que colgar a los ricos, tal como se hizo, para que todos lo vieran y temblasen de miedo.

La guerra no tiene rostro de mujer es su primer libro y fue el resultado de sus conversaciones con cientos de mujeres de la URSS que participaron en la segunda Guerra Mundial. En la edición publicada en 2013 añadió pasajes que había quitado en la edición primera, bien por indicación de la censura, bien porque prefirió retirarlos ella misma.

Es un libro del que surge una visión desconocida de la guerra. Primero porque las mujeres desempeñaron todo tipo de ocupaciones. Una de sus entrevistadas, igual que otras, recuerda que se presentó voluntaria porque «así es como nos habían educado, nada debía ocurrir en nuestro país sin que nosotros fuéramos partícipes. Nos enseñaron a amar a nuestro país. Admirarlo. Si había empezado la guerra, nuestro deber era ayudar. Si hacían falta enfermeras, debíamos aprender a ser enfermeras. Si hacía falta manejar cañones antiaéreos, debíamos aprender a manejarlos».

El panorama de la guerra resulta también diferente al que se suele mostrar porque los recuerdos y el modo de recordar de las mujeres son distintos a los de los hombres. «La guerra femenina tiene sus colores, sus olores, su iluminación y su espacio. Tiene sus propias palabras. En esta guerra no hay héroes ni hazañas increíbles, tan solo hay seres humanos involucrados en una tarea inhumana. En esta guerra no solo sufren las personas, sino la tierra, los pájaros, los árboles. Todos los que habitan este planeta junto a nosotros. Y sufren en silencio, lo cual es aún más terrible».

Hay momentos en los que, afirma la autora, siguiendo la pista «del espíritu humano allí donde el sufrimiento transforma al hombre pequeño en un gran hombre», se deja de ver «el proletariado mudo de la Historia, que desaparece sin dejar huella», y se ve su alma. Como en el testimonio de una sargento, servidora de una pieza antiaérea, que dice: «Me fui al frente siendo una materialista consciente. Una atea. Me fui siendo una buena alumna de la escuela soviética. Y allí… Allí empecé a rezar… Antes de cada combate rezaba mis propias oraciones. Eran palabras sencillas… Mis propias palabras… Siempre decía lo mismo: rezaba por volver con mis padres. No me sabía las oraciones de verdad y no me había leído la Biblia. Nadie me vio rezar. Lo hacía a escondidas. Con mucha precaución. Porque… entonces éramos distintos, la gente entonces era diferente».

Son interesantes las observaciones de la escritora en relación a su trabajo. Así es como lo describe: «No escribo sobre la guerra, sino sobre el ser humano en la guerra. No escribo la historia de la guerra, sino la historia de los sentimientos. Soy historiadora del alma». Acierta cuando señala que tal cosa tiene una gran dificultad adicional, la de «que hablamos del pasado con el lenguaje de hoy. ¿Cómo se podrán transmitir los sentimientos de entonces?». Uno de sus objetivos lo presenta del siguiente modo: «Quiero discernir en esa persona al ser humano eterno. La vibración de la eternidad. Lo que en él hay de inmutable». Para eso, afirma, no atiende a los grandes hombres sino «al pequeño gran hombre. Ultrajado, pisoteado, humillado, aquel que dejó atrás los campos de Stalin y las traiciones, y salió ganador».

En otro momento dice: «Yo me convierto en un testigo. Un testigo de lo que la gente recuerda, de cómo recuerda, de lo que quiere comentar y de lo que prefiere olvidar, encerrar en el rincón más lejano de su memoria. (…) De cómo estas mujeres se desesperan buscando las palabras adecuadas, deseando reconstruir lo desaparecido, con la ilusión de que la distancia en el tiempo les ayudará a hallar el sentido completo de los hechos que vivieron. Ver y comprender lo que entonces no pudieron ni ver ni comprender. Observan y se reencuentran. Muchas veces se han convertido en dos personas: esta y aquella, la joven y la vieja. La persona en la guerra y la persona después de la guerra. Mucho después de la guerra. Me persigue la sensación de que oigo dos voces a la vez».

Es estremecedor y luminoso Últimos testigos. En él, la autora recopila testimonios, tomados de conversaciones con personas que vivieron la Segunda Guerra Mundial cuando eran niños o niñas, en los que hablan de algunas experiencias y recuerdos que se les quedaron grabados para siempre. Esta reseña explica bien su contenido. Se puede añadir a ella que la enorme dureza de las situaciones que se describen se compensa con momentos extraordinarios de bondad y humanidad. Uno, por ejemplo, el de una mujer judía que habla de la familia que la escondió: «Los hubiesen podido fusilar en cualquier momento… A toda la familia…, a los cuatro hijos… Por haber refugiado a una niña judía. Del gueto. Yo era su muerte… ¡Hay que tener un corazón muy grande! Un corazón humano más allá de lo humano…»

Hay testimonios que dan idea del mundo interior tan asombrosamente perspicaz de los niños:

— «Me acuerdo de cómo los mayores decían: “Es pequeño. No se entera”. Yo me extrañaba: “Qué raros son estos adultos, ¿de dónde habrán sacado que no entiendo nada? Si lo entiendo todo”. Hasta me parecía que comprendía más que los mayores porque yo no lloraba y ellos sí».

— «Mi madre siempre estaba triste. No bromeaba, hablaba poco. Casi siempre estaba callada. Por la noche yo lloraba: “¿Dónde está mi madre, ella, siempre tan alegre?…”. Pero al amanecer volvía a sonreír, para que mi madre no se diera cuenta de mis lágrimas».

Otros ponen de manifiesto formas infantiles de razonar que son, a la vez, cómicas y trágicas:

— Dice una niña: «He traído un trozo de metralla… — ¿Estás loca? ¿Qué querías, que te matara? — ¡Qué dices, mamá! Es metralla de nuestras bombas. ¿Cómo iba a matarme? La guardé mucho tiempo».

— «Recuerdo el ataúd, era grande y largo. Pero mi padre era más bien mediano. «¿Para qué un ataúd tan grande?», me preguntaba. Luego decidí que la herida era grave y que en un ataúd grande le dolería menos. Eso fue lo que le expliqué al hijo de los vecinos».

No faltan las personas que hablan, como Dostoievski hizo tantas veces, del poder salvador de los recuerdos de infancia:

— «Mi madre y yo queríamos mucho a papá. Yo lo adoraba y él nos adoraba a nosotras. A mi madre y a mí. ¿Estoy idealizando mi infancia? Tal vez. Pero mi memoria ha teñido todo lo anterior a la guerra de colores alegres y nítidos. Porque… era mi infancia. Una infancia de verdad».

— «¿Que qué fue lo que saqué de mi paso por el orfanato? Mi carácter seco, no sé comportarme con suavidad ni cuidar las palabras. No sé perdonar. Mi familia siempre se queja de que no soy cariñosa. Pero ¿cómo es posible ser cariñosa si de pequeña no tuviste madre?»

Y tal vez los recuerdos más abundantes sean los que hablan del amor de los padres, tantas veces fallecidos violentamente, muchos incluso delante de los propios hijos:

— «Mi madre era maestra de escuela. No paraba de repetir: «Hay que seguir siendo humano». Incluso estando en el infierno mi madre intentaba conservar algunas de las costumbres de nuestra casa. No sé dónde ni cómo lavaba la ropa, pero yo siempre iba con ropa limpia. En invierno la lavaba con la nieve. Yo me quitaba toda la ropa y esperaba envuelta en una manta mientras ella lavaba».

— «Por la noche nos reuníamos alrededor de la mesa; nos acompañaba la fotografía de mi padre y un viejo volumen de los poemas de Pushkin… Él se lo había regalado a mi madre cuando eran novios. Recuerdo los momentos en que mi padre y yo leíamos juntos. Cuando algo le gustaba especialmente, decía: “El mundo es digno de ser contemplado eternamente”. Siempre lo repetía en los buenos momentos. No soy capaz de imaginarme a un padre tan bueno sin vida».

Los muchachos de zinc es un libro dedicado a los más de 50.000 soldados que murieron en la guerra de Afganistán (1979–1989): sus cadáveres eran repatriados en ataúdes de zinc. Como para sus otros libros, la autora entrevistó a centenares de personas: soldados supervivientes, enfermeras de los hospitales, madres de los fallecidos… Una de sus ideas es dar voz a quienes no la tienen o a quienes no se la dan las versiones oficiales de lo sucedido y, en esa línea, presta particular atención a los testimonios de las mujeres: una de ellas le dice que «los hombres combaten en la guerra, y las mujeres lo hacemos después… Nosotras combatimos después de la guerra».

Una pregunta detrás del trabajo de Alexiévich es «¿cuánto hay de humano en el ser humano? Unos creen que mucho, otros opinan que poco. Debajo de la fina capa de la cultura enseguida aparece la bestia». Y una de sus inspiraciones es Dostoievski, de quien cita Los demonios: «El hombre y sus convicciones son, está claro, dos cosas muy diferentes. Todos somos culpables, todos somos culpables… ¡solo nos falta convencernos de ello!» (aunque, continúa Alexiévich, él decía que esta reflexión no era suya, sino de Vladímir Soloviov). Con todo, dice, «si no hubiera leído a Dostoievski me sentiría aún más desesperada…»

Explica que a ella le gusta el lenguaje oral pues «fluye libremente» y con él es como se pueden reconstruir los sentimientos: «Yo rastreo el sentimiento, no el suceso. Cómo se desarrollan nuestros sentimientos, no los hechos». Afirma también que los grandes acontecimientos ya quedan fijados en la Historia pero que los pequeños, importantes para el hombre pequeño, desaparecen sin dejar huella: «eso es a lo que yo me dedico desesperadamente (libro tras libro): a disminuir la historia hasta que toma una dimensión humana».

Más adelante lo dice así: «los libros que escribo son un documento y a la vez mi visión de los tiempos. Yo recopilo los detalles, los sentimientos, no de una vida concreta, sino del aire del tiempo en su totalidad, de su espacio, de sus voces. No invento, no fantaseo, sino que construyo los libros a partir de la realidad misma. (…) Yo escribo (…) las voces vivas, las vidas. Antes de pasar a ser historia, todavía son el dolor de alguien, el grito, el sacrificio o el crimen. Incontables veces me he hecho la pregunta: “¿Cómo pasar entre el mal sin aumentarlo, sobre todo hoy en día, cuando el mal adopta unas dimensiones cósmicas?”. Antes de comenzar cada libro me lo pregunto. Esto ya es mi carga. Y mi destino».

En Voces de Chernóbil se recogen testimonios de muchas personas afectadas por las explosiones que destruyeron los reactores de la central nuclear de Chernóbil, ciudad ucraniana muy cercana a Bielorrusia, país de diez millones de habitantes para el que las fugas de material radiactivo que llegaron a centenares de kilómetros, supuso un cataclismo.

En su prólogo la autora dice que no es el suyo un libro sobre qué sucedió en la central aquella noche, quién tuvo la culpa, cómo se ocultó la avería al mundo, etc.; que ella se dedica a «la historia omitida», a «la cotidianidad de los sentimientos, los pensamientos y las palabras», a «la vida cotidiana del alma»: que «desea contar la historia de manera que no se pierdan los destinos de los hombres…, ni de un solo hombre».

Por esto, en las declaraciones de médicos, antiguos trabajadores de la central, soldados, científicos, residentes ilegales en zonas prohibidas, etc., no se muestra tanto el accidente nuclear como las consecuencias que tuvo en las personas afectadas. Y una de las ideas de fondo de la autora es mostrar que lo que sucedió aquel 26 de abril fue «un salto hacia una nueva realidad» por encima «no solo de nuestro saber, sino también de nuestra imaginación». Eso especialmente se puso de manifiesto, afirma, en las charlas con los viejos campesinos: «gente que vivía sin Tolstói, sin Dostoyevski, sin internet, pero cuya conciencia, de algún modo, había dado cabida a un nuevo escenario del mundo».

Es cierto que el libro puede leerse como un paso más en el derrumbamiento de la Unión Soviética y el comunismo que la inspiraba, pero, para la autora, lo que sucedió en Chernóbil fue «más allá que Auschwitz y Kolimá», «más allá que el Holocausto», tiene algo de punto final. Esto se refleja sobre todo en las declaraciones que ponen de manifiesto la quiebra total de la confianza en la visión racionalista-científica de la sociedad como, por ejemplo, esta: «El hombre ha inventado una técnica para la que aún no está preparado. No está a su nivel. ¿Es posible darle una pistola a un niño? Nosotros somos unos niños locos».

A mí, sin embargo, la lectura que más me ha interesado tiene que ver con las actitudes de solidaridad y amor que brotan, o con las reflexiones que surgen acerca de las realidades últimas, como consecuencia de una situación tan extrema. Como estas:

— una voz en el «Monólogo de una aldea acerca de cómo se convoca a las almas del cielo para llorar y comer con ellas»: «Viene gente. Nos hacen películas, cintas que nosotros nunca veremos. No tenemos ni televisor, ni electricidad. Te queda solo mirar por la ventana. Y rezar, claro. Un tiempo, en lugar de Dios, tuvimos a los comunistas, ahora, en cambio, solo tenemos a Dios».

— o esta, en el «Monólogo acerca de que el hombre solo se esmera en la maldad y de qué sencillo abierto está a las simples palabras del amor»: «Solo el hombre se yergue sobre el suelo y alza manos y cabeza hacia el cielo. Hacia la oración. Hacia Dios. La anciana reza en la iglesia: “Señor, perdona nuestros pecados”. Pero ni el científico, ni el ingeniero ni el militar se reconocen pecadores. Pues piensan: “No tengo nada de que arrepentirme. ¿Por qué debo arrepentirme?”. Ya ve… Mis oraciones son sencillas. Rezo en silencio. ¡Señor, llévame a tu lado! ¡Escúchame! ¡El hombre solo se esmera en la maldad. Pero qué sencillo y abierto se muestra a las palabras sencillas del amor!».

El fin del “Homo sovieticus” es un trabajo periodístico y literario de primera magnitud, como se indica en esta completa reseña. Es una obra que reúne dos series de entrevistas agrupadas en dos partes. Las de la primera, que se titula «El consuelo del apocalipsis. Diez historias en un interior rojo», corresponden a los años noventa: cuando la URSS colapsa, Gorbachov cae y Yeltsin sube al poder. Las de la segunda, titulada «El encanto del vacío. Diez historias en medio de ninguna parte», fueron realizadas durante la primera década del siglo actual.

En ellas, la autora da voz a gente de muy distinta extracción social y preparación intelectual, que le cuentan su pasado, sus pensamientos y sentimientos —de nostalgia, de frustración, de desencanto, de rechazo…— respecto a los acontecimientos que han vivido. Son muchas más que veinte historias, porque, a veces, en el mismo «capítulo» hablan varias personas de la misma familia, o unos cuantos amigos. Aunque los textos tienen mucha edición, como es lógico, las intervenciones de la autora son breves y escasas: para responder alguna pregunta que le hacen o para precisar alguna cosa.

Entre los testimonios estremecedores deja sin aliento el último de la primera parte, «De la sonrisa de un hacha», en el que primero habla la madre, que se lamenta de que su hijo, un piloto del ejército que combatió en Afganistán se dedique al comercio ahora, y luego el hijo, que le cuenta un relato sobre los campos de exterminio que a él le llegó a través de quien iba a ser su suegro. La escritora, en una de sus intervenciones, indica que «me muevo sin cesar por los círculos del dolor. No consigo salir de ellos. Hay de todo en el dolor: tinieblas, triunfos… A veces pienso que el dolor es un puente que une a las personas, un lazo secreto, y otras veces, desesperada, pienso que el dolor es un abismo que las separa».

En la presentación del libro, que se titula «Apuntes de una cómplice», aparecen algunas ideas que presiden el trabajo de la escritora que, aparte de ser útiles para comprenderlo, también pueden serlo para comprendernos a nosotros mismos.

Empieza por recordar el pasado trágico de la URSS y cita la famosa frase de Lenin (que sus seguidores actuales ignoran, olvidan o esconden): «Hay que colgar (y digo colgar, para que el pueblo lo vea) no menos de mil kulaks inveterados, a los ricos… Despojarlos de todo el trigo, tomar rehenes… Y hacerlo de tal manera que a cientos de verstas a la redonda el pueblo lo vea y tiemble de miedo» (Lenin, 1918).

Luego hace notar que tanto ella como sus entrevistados crecieron cuando «los océanos de sangre vertida por el comunismo habían caído ya en el olvido»…, lo cual, aunque funcione como una excusa no es una excusa, parece decir. Pues, señala, «cada vez que sacaba la idea del arrepentimiento en alguna charla, siempre había alguien que me replicaba: “¿Y de qué tengo yo que arrepentirme?”. Todos se sentían víctimas, pero nadie se consideraba cómplice».

En el otro lado está la decepción de muchos que deseaban que cayera el comunismo: «¿Es esta la libertad que anhelábamos? Estábamos dispuestos a morir por nuestros ideales, a combatir por ellos. Y de repente nos vimos convertidos en personajes de Chéjov. Nos vimos despojados de nuestro pasado. Todos los valores colapsaron, menos los valores de la vida»…, y los sueños nuevos de la gente fueron el coche, el jardín, los viajes…

Así que ahora, continúa la autora, «hemos entrado en una época en la que no se vive un tiempo auténtico, sino de segunda mano» y, a la vista de los jóvenes que ve por las calles «con camisetas con la hoz y el martillo o con el rostro de Lenin», se pregunta si sabrán de verdad lo que fue y es el comunismo. Uno de sus entrevistados se muestra pesimista: «pronto crecerán los lobeznos, como decía Stalin… Crecerán muy pronto…». Aunque libros como este también sean un motivo para el optimismo, espero.

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Svetlana Alexiévich. La guerra no tiene rostro de mujer (U voiný ne zhénskoe litsó, 1985). Barcelona: Debolsillo, 2017; 368 pp.; col. Ensayo-Crónica; trad. de Yulia Dovrovolskaia y Zahara García González; ISBN: 978–8466338844.

Svetlana Alexiévich. Últimos testigos (Poslednie svidételi. Solo dlia détskogo gólosa, 1985). Barcelona: Debate, 2016; 336 pp.; trad. de Yulia Dovrovolskaia y Zahara García González; ISBN: 978–8499926612.

Svetlana Alexiévich. Los muchachos de zinc (Tsínkovye málchiki, 1994). Barcelona: Debolsillo, 2017; 336 pp.; col. Ensayo-Crónica; trad. de Yulia Dobrovolskaia; ISBN: 978–8466339674.

Svetlana Aleksiévich. Voces de Chernóbil (Chernóbylskaia molitva, 1997). Barcelona: 2015, 408 pp.; col. Ensayo-Crónica; trad. de Ricardo San Vicente; ISBN: 978–8490624401.

Svetlana Aleksiévich. El fin del “Homo sovieticus” (Konets krásnogo cheloveka, 2013). Barcelona: Acantilado, 2015; 656 pp.; trad. de Jorge Ferrer Díaz; ISBN: 978–84–16011–84–1.

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Escribo sobre libros, y especialmente sobre libros infantiles y juveniles, en www.bienvenidosalafiesta.com y en http://librosparajovenes.aceprensa.com.

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