¿Libros infantiles de crítica social?

En Carpeta de apuntes, un libro que reúne varios ensayos de Michael Ende, hay uno, titulado «¿Inculcar una conciencia crítica?», en el que el escritor alemán dice lo que piensa sobre ciertos libros infantiles de crítica social. Como para mí es un texto de referencia (mucho antes de que abundasen los niños activistas), reproduzco algunos de sus párrafos, algo retocados y recortados.

«Querer inculcar al niño menor de doce años una conciencia crítica es perfectamente absurdo y […] nunca da otro resultado que el de hacer que el niño repita mecánicamente los juicios y las opiniones de quienes él considera com­petentes. No cabe duda de que los propugnadores de la formación de una conciencia crítica son extraordinariamente felices cuando los niños les dicen exactamente lo que ellos quieren oír. Sólo que no notan — o no quieren notar — que todo eso no pro­viene de los niños sino de los mismos propugnadores.

Con una actitud crítica, el niño, en reali­dad, no asimila absolutamente nada, ni mundo, ni conocimientos, ni destrezas, ni normas. Al contrario, se le impide asimilarlos. Y como no puede asimilar nada de verdad, padece, más pronto o más tarde, de una especie de desnu­trición espiritual. […] El niño lleva a cabo toda asimilación, úni­camente, por simpatía, o hacia la cosa misma o hacia quien enseña esa cosa. Todo niño, si no ha sido mutilado ya antes psíquicamente, está dis­puesto a amar, a admirar, a considerar bellas las cosas, a entusiasmarse. Busca, en resumen, valores para vivir y normas para vivir. Y la tarea del educador sólo consiste, en el fondo, en despertar esa disponibilidad y encauzarla por el buen camino.

Al exigirle al niño una conciencia crítica, se le pide algo de lo que él, por su grado de desarro­llo, ni es todavía capaz ni tampoco debe serlo aún. Pero lo que es mucho peor: al exigirle eso se reducen o destruyen las posibilidades que hay en él de desarrollar más tarde de modo adecuado esa posibilidad, como sucede siempre que se quieren ejercitar ya antes de tiempo, en un proceso vivo de desarrollo, capacidades posteriores. […] Al fin y a la postre […] los incubadores de una acti­tud crítica sólo traspasan a los niños su propio re­lativismo intelectual, su propia impotencia para encontrar valores vitales.

Pero, podría objetarse, el entorno actual del niño, la sociedad de consumo, la publicidad, las revistas ilustradas, la televisión, el tráfico urba­no, etcétera, ¿no es tan inhumano, tan falso, tan infame y brutal que hay que intentar al menos inmunizar a los niños haciéndoles ver claramente, por ejemplo a través de los libros, esa inhumanidad, esa falsedad, esa infamia y brutali­dad? ¿No se les da justamente así la posibilidad de enfrentarse de un modo crítico con todo ello, de distanciarse? […] ¿No es mejor [eso] al fin y al cabo que el hacerles creer engañosamente que existe un mundo intacto?

Eso me parece igual de sensato que si a un niño que ya tiene frío se le quitase además la chaqueta para que se haga consciente del frío y se distancie críticamente de él. A mí, el que el niño haga tal cosa no me parece ni deseable ni posible. El niño caerá simplemente enfermo. Me parece más adecuado darle un abrigo o, si es posible, llevarlo junto a una estufa caliente: aun corriendo el riesgo de que algunos terroristas-de-la-concienciación se pongan a vociferar diciendo que estoy apartando al niño de la realidad, pues la realidad es el frío.

Aplicado a nuestro tema, esto significa: estoy convencido de que un libro infantil, debido justamente a la porquería, al desamor, a la fealdad que se vierte sobre los niños por dondequiera que se mire, ha de ofrecer a sus lectores algo que ellos consideren hermoso y que puedan amar. Ninguna otra cosa es importante, pues sólo de eso pueden alimentarse espiritualmente los niños. La calidad buena o mala de un libro viene determinada exclusivamente por criterios artísticos y poéticos. Totalmente indiferente es, sin embargo, el que su contenido presente realidad en el sentido de esos apóstoles del realismo tan carentes de imaginación.

La muñeca y el osito en que los niños vuel­can toda su ternura tampoco son, ateniéndose al mezquino concepto de realidad de esas gentes, sino unos cuantos puñados de serrín y unos trocitos de tela, y por tanto habría que quitárselos a los ni­ños, o por lo menos desencantarlos, atravesándolos con un cuchillo o poniéndolos bajo las ruedas de un coche, con el fin de mostrar a sus propietarios cuál es su verdadera naturaleza y convertirlos así a ellos en personas realistas y sin ilusiones».

Escribo sobre libros, y especialmente sobre libros infantiles y juveniles, en www.bienvenidosalafiesta.com y en http://librosparajovenes.aceprensa.com.

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