Pensar bien las consecuencias de lo que uno hace

Ya que, dentro de unos días, recordaremos que el 6 y el 9 de agosto de 1945 fueron los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki, recupero los comentarios que, tiempo atrás, hice a cuatro libros sobre la cuestión.

Hiroshima, de John Hersey, fue un largo reportaje que su autor publicó, en el The New Yorker, en 1946, acerca de seis personas que sobrevivieron a la bomba atómica: una oficinista de una fábrica, el director de un hospital privado, una mujer viuda de un sastre, un jesuita alemán, un joven médico y un pastor metodista. En 1985 le añadió un capítulo, titulado en castellano «Las secuelas del desastre», contando la vida posterior de aquellas personas. Está considerado como una de las grandes piezas periodísticas del siglo veinte: la claridad y la serenidad de la narración contribuye a que todo el horror de lo sucedido produzca un gran impacto en el lector.

Un libro extraordinario sobre la bomba de Nagasaki que vale la pena conocer es Requiem por Nagasaki, de Paul Glynn. Es la biografía de Takashi Nagai, un radiólogo de la Universidad de Nagasaki que falleció seis años después de que la bomba atómica cayera sobre su ciudad, matando a su mujer y arrasando su casa. Él, enfermo ya de leucemia debido a su exposición a la radiación durante los años anteriores, atendió a muchos enfermos y fue autor del primer libro que intentó describir científicamente las consecuencias de la radiación. En la primera parte, se cuenta su vida y su evolución interior desde el shintoísmo hasta su conversión al catolicismo por influencia de la familia de su mujer; y, en la segunda, se habla de la bomba, de sus consecuencias, y del papel que jugó Nagai, con sus libros y con su actitud, para que, a diferencia del símbolo de Hiroshima, un puño cerrado con cólera, el símbolo de Nagasaki hoy sea el de unas manos unidas en oración. Nagai tenía, entre sus adagios favoritos de Confucio, uno que dice que «si has encontrado el camino de la verdad por la mañana puedes ir a la muerte con paz esa misma tarde»; consideraba, tal como cuenta la parábola de la cabaña pobre, una pieza literaria sagrada del budismo, que «el mejor modo de encontrar lo sobrenatural es que tu corazón sea como una cabaña que está desprovista de todo menos de lo estrictamente necesario»; admiraba la posición de lucha no-violenta de Gandhi y decía que «deberíamos hacer que nuestras vidas fuesen poesías haiku, (…) ver más allá de la superficie de las cosas, buscar la belleza escondida de todo y descubrir las cosas gloriosas que nos rodean». Un hombre asombroso.

Un gran libro reportaje, muy ameno, acerca de la construcción de la bomba atómica — cómo se fraguaron y llevaron a cabo el proyecto Manhattan y el proyecto alemán paralelo — es el del periodista austriaco Robert Jungk, publicado en 1956, titulado Más brillante que mil soles (e inexplicablemente, para mí, descatalogado). Para escribirlo se entrevistó con muchas personas que trabajaron en los dos y, en el libro, intentó transmitir las distintas perspectivas que los científicos tenían ante los pasos que se iban dando. Imagino que la investigación histórica posterior dirá que no todas las cosas son tal como Jungk las narra pero, sea como sea, su libro tiene la ventaja de haber sido escrito muy poco después de que ocurrieran los hechos. Una de las cosas que pone de manifiesto es que los científicos tenían claro a qué jugaban: «se podría decir que vivimos en un polvorín, escribió en 1921 el físico alemán y premio Nobel Walter Nernst, al intentar explicar los descubrimientos, entonces recientes, de Rutherford a un público más amplio. Pero añadió enseguida, tranquilizadoramente, «pero gracias a Dios aún no hemos encontrado la cerilla». Luego, el relato va dando cuenta de los sucesivos descubrimientos y de las relaciones entre los científicos de diferentes nacionalidades hasta que, cuando Hitler alcanza el poder, se formaron dos bandos: de la narración se deduce que los científicos alemanes no se esforzaron mucho, para no poner en manos del régimen nazi la bomba, y que, sin embargo, los occidentales encabezados por Oppenheimer sí trabajaron como posesos para fabricarla. Para explicar el comportamiento de los científicos el autor indica que el ambiente prebélico y bélico no era el más propicio para reflexionar con claridad y habla de la dificultad de medir el peso que tuvieron en ellos factores políticos o personales. Hay momentos en los que intenta echar la responsabilidad mayor sobre las autoridades civiles y militares al frente de la construcción de la bomba. De hecho, en una ocasión afirma que «nadie imaginaba que el nuevo mecenas, el Estado, pudiera alguna vez decir, como lo dijo: “quien paga, manda”»: algo difícil de creer. En cualquier caso, sí dice con claridad que los científicos «hicieron mucho más que obedecer órdenes. Una y otra vez tomaron ellos la iniciativa para dar al mundo esta arma terrible». Por supuesto, se mencionan los intentos de quienes quisieron frenar las cosas, pero «hubiera sido contrario al espíritu de la ciencia y de la técnica moderna el abandonar libremente y a mitad de camino la exploración de un campo tan importante de investigación, por muchos y muy graves que fueran los peligros» futuros. Justo después de arrojar las bombas sobre Japón, decía C. P. Weizsäcker: «Hemos jugado con el fuego como chiquillos y las llamas se han levantado antes de lo que esperábamos», buen comentario…, pero un tanto exculpatorio porque de chiquillos, nada.

En Más brillante que mil soles se sostiene que Heisenberg hizo lo posible para dar la impresión, a las autoridades de su país, de que intentaba llevar adelante el programa nuclear alemán pero, al mismo tiempo, movió sus piezas e impidió que progresara lo suficiente para fabricar la bomba. Parece ser que Jungk, pasado el tiempo, cambió un poco de opinión en relación al papel de Heisenberg, según dice Michael Frayn en la Posdata explicativa que le puso a su obra teatral Copenhague. Esta obra, confeccionada con mucho cuidado, plantea un diálogo entre tres personas: Niels Bohr, su mujer Margrethe, y Heisenberg. Los tres, más allá de la muerte, recuerdan lo sucedido en la conversación misteriosa que tuvieron Bohr y Heinsenberg el año 1941, de la que luego circularon distintas versiones: si Heisenberg fue a ver a Bohr porque quería sonsacarle información sobre la fisión o sobre el programa nuclear de los aliados; si fue porque quería convencerle de que en Alemania no había programa nuclear; si fue porque quería reclutarle para trabajar para ellos… Como era de esperar, la obra no resuelve nada y únicamente se centra en presentar los distintos argumentos de cada lado y en exponer los hechos conocidos: la idea del autor no es más que poner delante del espectador-lector el dilema moral de los científicos, y hacer notar también cómo, después de sucedidos los hechos, la memoria suele jugar siempre a favor de uno mismo. En cualquier caso, es más que interesante el apunte de que Bohr siempre inspiró respeto, aunque de hecho participó en la preparación de una bomba que luego se utilizó, y que Heisenberg inspiró rechazo a muchos — que le negaron el saludo después de la guerra — por más que, de hecho, no la fabricó. En la documentada posdata de Frayn también se señalan los motivos de la posición ambigua de Heisenberg: no podía reconocer que no había querido llegar hasta el final, para no quedar en su país como culpable, ni tampoco reconocer que no lo había conseguido, para no quedar como incompetente ante sus colegas. Aunque algunos diálogos requieren estar en antecedentes, la obra se puede seguir con cierta facilidad y se ve cómo hay golpes dialécticos en ambas direcciones — de Heisenberg, rápido de mente, y de Bohr, un hombre reflexivo — o, si se quiere, en una sola dirección: la de pensar bien las consecuencias de lo que uno hace.

Un ejemplo:

H: Yo no necesito detenerme para pensar.
B: Por eso justamente es criticable parte de tu trabajo.
H: Yo siempre llegaba a dónde quería.
B: Sin importarte lo que destruyes en tu camino. Siempre y cuando las matemáticas funcionen, tú satisfecho.
H: Si las matemáticas funcionan, todo funciona.

Otro ejemplo:

B: Tú sabes por qué los aliados trabajaron en la bomba.
H: Por miedo. Igual que nosotros. ¡Y tú podías habérselo dicho!
B: ¿Pero dicho qué?
H: Que se detuvieran…

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John Hersey. Hiroshima (1946–1985). Madrid: Turner, 2002; 187 pp.; col. Armas y Letras; trad. de Juan Gabriel Vasquez; ISBN: 84–7506–537–6. Nueva edición en Debolsillo, 2009; 192 pp.; col. Ensayo; ISBN: 978–8483468548. Nueva edición en Madrid: Debate, 2015; 192 pp.; col. Debate; ISBN: 978–8499925172.

Paul Glynn. Requiem por Nagasaki (A song for Nagasaki, 1988). Madrid: I.M.G., 1999; 224 pp.; trad. de Francisco Sánchez Bayo; ISBN: 84–605–8437-Z. Nueva edición en Madrid: Palabra, 2011; col. Arcaduz; ISBN: 978–84–9840–559–0.

Robert Jungk. Más brillante que mil soles: los hombres del átomo ante la historia y ante su conciencia (Heller als tausend Sonnen, 1956). Barcelona: Argos, 1976, 2ª ed.; 334 pp.; ISBN: 84–7017–282–4.

Frayn, Michael. Copenhague (Copenhaguen, 1998). Madrid: Centro Cultural del la Villa de Madrid, 2003; 149 pp.; versión de Charo Solanas; ISBN: 84–88406–50–9.

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Escribo sobre libros, y especialmente sobre libros infantiles y juveniles, en www.bienvenidosalafiesta.com y en http://librosparajovenes.aceprensa.com.

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