En Una necesidad que sienten los países decía que a veces piensas que has tenido una idea feliz que no recuerdas haber leído pero luego encuentras que alguien sí la escribió antes (y por tanto es probable que, aunque sea de modo indirecto, de allí te viniera la idea).

Pero hay otras veces en las que todo parece indicar que nadie cayó antes en la cuenta: en La esperanza del rescate (y antes en algún artículo previo) indico cómo una imagen que figura en Ortodoxia, de Chesterton, se replica en el núcleo de El guardián entre el centeno, de Salinger, y vuelve a ser usada como idea central por Golding en El señor de las moscas.

La imagen chestertoniana llega cuando, después de afirmar que «la doctrina y la disciplina católica son muros, si se quiere, pero son los muros de un teatro de regocijos», el autor propone que nos imaginemos un corro de niños jugando en una zona llana de la cumbre de una isla cónica: mientras haya «un muro que cerque la cumbre» los niños podrán jugar tranquilos pero, si el muro se derrumba y alrededor sólo quedan precipicios, los niños se amontonarán «en el vértice de la isla» y «mudos de horror», dejarán de cantar.

Décadas después, derribados los muros (que no es necesario comprender como los de la doctrina y disciplina católicas que menciona Chesterton sino, más en general, como los propios de una sociedad más compacta y homogénea, o menos egoísta e individualista), Holden Caulfield, el protagonista de la novela de Salinger, dice que lo que le gustaría en el futuro es ser el guardián de unos niños que juegan en un campo de centeno rodeado de precipicios: su trabajo consistiría en vigilarlos para que pudiesen jugar sin caerse.

En El señor de las moscas la misma escena se da cuando los chicos están reunidos arriba, en la montaña de una isla cónica, mientras el fuego que han provocado incendia el bosque que hay debajo; en esa situación, el responsable Piggy comenta: «Esos niños, los pequeños. ¿Quién cuida de ellos? ¿Quién sabe cuántos hay?», y entonces los mayores constatan que los críos corrían por donde ahora está el fuego y se dan cuenta de que ha desaparecido el pequeño de la mancha en la cara: «Los chicos se miraron unos a otros, asustados, incrédulos».

Dicho lo anterior, debo advertir que no he podido documentar en ningún sitio si Golding fue o no lector de Chesterton y de Salinger.

Written by

Escribo sobre libros, y especialmente sobre libros infantiles y juveniles, en www.bienvenidosalafiesta.com y en http://librosparajovenes.aceprensa.com.

Get the Medium app

A button that says 'Download on the App Store', and if clicked it will lead you to the iOS App store
A button that says 'Get it on, Google Play', and if clicked it will lead you to the Google Play store