Un comentario a ‘Antígona’

En su libro Antígonas, bien subtitulado «La travesía de un mito universal por la historia de Occidente», George Steiner comenta las distintas recreaciones de la Antígona de Sófocles y las interpretaciones tan diversas que se han dado a los conflictos que plantea. Afirma Steiner que «los mitos griegos son una especie de taquigrafía cuya economía genera ilimitadas variaciones», que el pensamiento y el estilo occidentales «se desarrollan a través de una secuencia de recapitulaciones de lo clásico», y que Antígona es hoy «como un palimpsesto de comentarios y juicios que cubren el original». Aunque luego me referiré brevemente a las Antígonas del dramaturgo francés Jean Anouilh y del alemán Bertolt Brecht, quien desee apreciar las diferencias y los matices de esas obras y de muchas otras, tiene un extenso comentario en el libro de Steiner. El mío, de más está decirlo, es mucho más sencillo.

Antígona, como es sabido, plantea el conflicto que se produce cuando las normas del Estado intentan pasar por encima de otros deberes anteriores, en ese caso de piedad familiar.

Su núcleo es la desobediencia de Antígona contra su tío y futuro suegro Creonte, rey de Tebas. Los dos hermanos de Antígona, Polinices y Eteocles, se habían enfrentado entre sí y habían fallecido los dos. Como Polinices se había rebelado contra Tebas, Creonte prohibió bajo pena de muerte que se le enterrase, un gran castigo pues en la antigüedad clásica era una firme creencia que la falta de sepultura impedía el acceso al reino de los muertos. Por cariño hacia su hermano, Antígona desafía ese mandato, es apresada y, finalmente, ejecutada. Como consecuencia, se suicidan su prometido, Hemón, hijo de Creonte, y Eurídice, la madre de Hemón y esposa de Creonte.

El momento culminante de la obra es un diálogo en el cual, cuando Creonte se sorprende de que Antígona se hubiese atrevido a transgredir el edicto que prohibía enterrar al muerto, Antígona le replica que tal ley no fue dictada ni por Zeus ni por la Justicia y que hay leyes superiores: «Esas leyes divinas no están vigentes, ni por lo más remoto, solo desde hoy ni desde ayer, sino permanentemente y en toda ocasión, y no hay quien sepa en qué fecha aparecieron». Y le dice también: «Por lo que a ti respecta, si mantienes la idea de que ahora me estoy comportando estúpidamente, casi puede afirmarse que es un estúpido aquel ante quien he incurrido en estupidez».

En la Antígona de Anouilh — una obra de un único acto escrita durante la segunda Guerra Mundial y en la cual Antígona tiene algo de símbolo de la resistencia contra el mariscal Petain — , el conflicto es el mismo aunque su tono sea menos solemne, algunos personajes secundarios se comporten de modo más cómico, y Creón (según la traducción que yo conozco), al menos al principio intenta ser más acomodaticio que el Creonte de Sófocles. En la Antígona de Brecht, adaptación del original a partir de la traducción de Friedrich Hölderlin, los escenarios serán los de la segunda Guerra Mundial y Creonte será un dictador nazi.

Antígona da el ejemplo de quien prefiere morir antes que actuar de modo injusto. De ahí que su figura haya quedado como una referencia permanente frente a las leyes humanas injustas y frente a las presiones de los poderosos o de los fanáticos que desean imponer sus ideas. Su postura ejemplifica cómo las emociones nos pueden ayudar a comportarnos más racionalmente: con una visión larga y no con una visión corta y egoísta. Pero de la lectura de la obra de Sófocles se pueden sacar otras consecuencias, tal como explica Jacqueline de Romilly.

En La tragedia griega, un magnífico libro de síntesis acerca de los rasgos propios del género y de las aportaciones sucesivas que hicieron Esquilo, Sófocles y Eurípides, la autora francesa dice que muchas obras modernas «se fundan en la amargura y el desaliento. Denuncian. Desesperan. Y por eso la diferencia con la tragedia se muestra claramente. Porque la tragedia vive de la acción e implica heroísmo. Construida alrededor de un acto que hay que llevar a cabo, la tragedia implica una afirmación del hombre. La palabra “drama” quiere decir acción. Porque, en la tragedia, se lucha. Se intenta obrar bien. Y todo lo que se hace, tanto para bien como para mal, se revela especialmente grávido de consecuencias».

La fe que la tragedia griega tiene en el hombre, continúa, «explica que, en todo tiempo, las desgracias representadas en la tragedia aparezcan ahí bajo una cierta luz que redime su horror o su amargura. El ejemplo de Antígona es su prueba resplandeciente, porque, si contempláramos la obra de Sófocles, nadie se quedaría jamás en el aspecto desolador de la obra: guardaríamos más bien en el corazón la admiración por la heroína. Y en todos los momentos de la historia hubo hombres que encontraron en ella estímulo y aliento».

En La Grecia antigua contra la violencia Romilly señala cómo los clásicos griegos «lucharon contra la violencia con las palabras, palabras insertadas en obras literarias, palabras portadoras de sentido», y habla de Antígona para señalar una importante diferencia de tono entre las obras modernas y las clásicas tragedias griegas cuando tratan sobre la violencia.

Indica que la Antígona de Sófocles, cuando es conducida a la muerte, se lamenta de su destino y de que vaya a morir «sin lecho nupcial, sin canto de bodas, sin haber tomado parte en el matrimonio ni en la crianza de hijos»: «los deleites de la vida, dice Romilly, siguen estando ahí, como un furtivo pesar en el corazón de la tragedia». Por el contrario, sigue Romilly, «en la Antígona de Anouilh, lo que Antígona rechaza, lo que repudia, es toda la vida en su conjunto: “esa triste palabra, la felicidad”. Seguramente no sea gran cosa; pero la diferencia de mentalidad entre las dos épocas se trasluce en este detalle. Y es grave, pienso, no creer en la felicidad».

Por eso, según Romilly, «la literatura será lo que es; pero, en las aulas, para los jóvenes, cuando se trata de inculcarles — hasta donde sea posible — todo lo que pueda hacer retroceder la sombría violencia que padecemos, sería preciso más bien formar su juventud con los autores antiguos o clásicos. A los autores más modernos siempre los podrán conocer por el contexto del presente; los jóvenes ciertamente no los ignorarán. Pero cabe la esperanza de que la lectura de otros textos ayude a fortalecer en ellos el asco por la violencia, y a permitir que se desarrollen en ellos fuerzas de resistencia. Hay que comunicarles, a cualquier precio, un poco de esta savia y de este impulso que hemos perdido». (Bueno, no a cualquier precio, añadiría yo).

Sófocles. Antígona (442 a.C.). En Obras completas de Esquilo, Sófocles y Eurípides. Madrid: Cátedra, 2004; página 521 a 565 de 1563 pp.; col. Bibliotheca Aurea; ISBN: 84–376–2169–0.

Jean Anouilh. Antígona (Antigone, 1942). En una edición que también contiene Jezabel (Jézabel, 1932). Buenos Aires: Losada, 2003, 28 ed.; 77 de 201 pp.; trad. de Aurora Bernárdez; ISBN: 950–03–0391–4.

Bertold Brecht. Antígona (Antigone, 1947). En el tomo XIII de Teatro completo, Buenos Aires: Nueva visión, 1965.

Jacqueline de Romilly. La tragedia griega (La tragédie grecque, 1970). Madrid: Gredos, 2011; 192 pp.; col. Biblioteca de estudios clásicos; trad. de Jordi Terré; ISBN: 978–84–249–2152–1.

Jacqueline de Romilly. La Grecia antigua contra la violencia (La Grèce Antique contre la violence, 2000). Madrid: Gredos, 2010; 153 pp.; trad. de Jordi Terré; ISBN: 978–84–249–0633–7.

George Steiner. Antígonas (Antigones, 1990). Barcelona: Gedisa, 1991, 2ª ed.; 346 pp.; col. Esquinas; trad. de Alberto L. Bixio; ISBN: 978–84–9784–748–3.

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Escribo sobre libros, y especialmente sobre libros infantiles y juveniles, en www.bienvenidosalafiesta.com y en http://librosparajovenes.aceprensa.com.

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