‘Una leve exageración’, de Adam Zagajewski

Libro que acabo de leer y que me ha recordado otro extraordinario libro del autor titulado En la belleza ajena. Los dos son parecidos: están muy bien escritos, son como dietarios, tienen mucho de memorialísticos, ambos dan cuenta de aspectos de la vida social de la Polonia comunista en la que vivió el autor, en ambos hay referencias a sus estancias en distintas ciudades del mundo — las polacas desde luego, pero también París, Berlín, Chicago, etc. — , en los dos se mencionan con frecuencia escritores de referencia que fueron amigos del autor — Czeslaw Milosz, Joseph Brodsky, Zbigniew Herbert, Józef Czapski… — , y otros autores que ha leído mucho — Emil Cioran, Simone Weil, Thomas Mann, Robert Musil… — , y en ambos hay muchas y valiosas reflexiones acerca de cómo comprende la música, la literatura y, en particular, la poesía.

En el primero, del que se puede leer este comentario, el autor habla más de su vida en la Polonia comunista y de la disidencia de la época, así como de su evolución interior para liberarse de la propaganda y de las ideas de moda entonces. El segundo, reseñado aquí, da más peso a los recuerdos familiares, pues se apoya en unas memorias que su padre redactó a petición suya, trata de la condición de «desterrados» de familiares y compatriotas suyos que debieron abandonar Lvov, la ciudad de sus antepasados, porque pasó a Ucrania, y debieron trasladarse a Gliwice, Silesia, que había dejado de ser alemana para integrarse en Polonia. Ambos son libros ricos e imposibles de resumir por lo que apunto sólo algunas reflexiones valiosas que contiene, sobre todo, Una leve exageración.

Son extraordinarios algunos párrafos en los que habla de que el 27 de enero nació Mozart y el 27 de enero los soldados rusos entraron en Auschwitz y en los que desarrolla la idea de que es un día «que contiene todos los elementos de lo que somos, lo supremo y lo ínfimo». Son excelentes sus consideraciones acerca de los desterrados, de quienes indica que «viven en tiempos de paz pero llevan la guerra en su interior», aunque subrayará con fuerza también que «los únicos «verdaderos desterrados» fueron los que no volvieron jamás, los judíos. En relación a la música, sobre la que abundan los comentarios, pongo aquí solo esta cita que reproduce de Vladimir Jankélévitch: «la música nos enseña que lo más esencial de todo es inasible y no tiene nombre; nos reafirma en la convicción de que la cosa más importante del mundo no puede expresarse con palabras».

A lo largo de Una leve exageración hay varios intentos de definir o de describir qué es la poesía. Así, habla de que «el poema es como el rostro humano: un objeto que puede medirse, describirse y catalogarse, pero también un llamamiento»; se pregunta si «es la poesía algo oscuro y misterioso o sólo un ejercicio retórico perfectamente definible»; indica que «lo magnífico y extraordinario de la poesía (algo extremadamente raro) tiene su origen en la realidad, en una capa de la realidad que no queda al descubierto sino en raras ocasiones, en ese segmento del mundo que emite resplandor». Y cuenta cómo, cuando un periodista le preguntó a su padre, un conocido ingeniero, por unas frases de su hijo, la respuesta que dio, después de mostrar algo de desconcierto, fue que eran «una leve exageración». Y esto le sirve a Zagajewski para señalar que sí, que es una buena definición de la poesía, pues la poesía «exagera, realza innecesariamente los trazos y las líneas de la realidad, hace que a la realidad le entre calentura y que baile»; que «la poesía es una leve exageración mientras no hagamos de ella nuestro hogar, porque entonces se vuelve realidad. Y luego, cuando la abandonamos –porque nadie puede morar en ella para siempre-, vuelve a ser una leve exageración».

En relación al valor de la literatura, en En la belleza ajena señalaba que la literatura suele ser «la reina de la cultura, la gran dama, la gran experiencia, revelación y temblor, pero con una facilidad pasmosa cae de estas cumbres para convertirse en pasatiempo, en jeroglífico, en exhibición de destreza verbal. A veces, en la creación de un poeta eminente puede encontrarse una recaída en la lengua, en la retórica, en la palabrería incluso». A la misma idea regresa en Una leve exageración, en especial cuando habla de Cioran, «el gran misántropo», a quien cita con admiración pero contra quien advierte que «no hay que confiar excesivamente en lo que dicen los escritores», y a quien contrapone a veces a Simone Weil. De ella cita una frase, que considera una de las más importantes que se ha dicho sobre la poesía, acerca de que «un poema es bello en tanto en cuanto el pensamiento del poeta descanse sobre lo inefable», que apostilla, pensando en Cioran, con que «un aforismo con un final ocurrente no nos puede llevar a lo inefable».

También en En la belleza ajena escribía: «Imaginarse la desesperación de alguien que cree en las cosas invisibles, en el alma inmortal, en la dignidad del hombre; que ve al hombre como un ser sublime, destinado a grandes actos, a la nobleza, a la fidelidad, y que expresa sus ideas en la prensa. Sin embargo, como le ha tocado en suerte vivir en unos tiempos cínicos, en una época en que sólo lo mezquino conquista el aplauso y lo más sublime pasa por ser una mera construcción retórica, una especie de charlatanería magistral, sin la menor cobertura en los hechos, se encuentra tan sólo con la burla, la mofa o, lo que es más frecuente, con una fría indiferencia. Como eso dura años, ese alguien llega a la convicción de que carece enteramente de talento -el talento es una de las pocas cosas sublimes que siguen disfrutando de prestigio-, y calla. Calla, pero no para siempre: tras pasar la cuarentena de la ausencia, comienza, al principio con timidez, luego cada vez con más fuerza, con más y más coraje, a encomiar lo mezquino, a burlarse de las cosas sublimes (y eso lo hace mejor que otros, ya que ha sido capaz de comprenderlas, a diferencia de sus toscos rivales de ahora). Logra el éxito, se hace famoso y rico. En su lecho de muerte pide perdón, pero no se sabe a quién se dirige. Como respuesta, oye un susurro: Ah, no pasa nada, así había de ser, precisamente. Tenía que ser así; te utilizamos, no te enfades».

Con esto delante a mí me parece ver, en algunos textos de Una leve exageración, a un autor dispuesto a dejar constancia con más claridad de cuál es su modo de pensar y a responder a lo que dos personas, en Holanda y en París, le dijeron que necesitaban de los poetas de la Europa del Este: «esperamos algo distinto que lo que esperamos de nuestros desgastados artistas; esperamos fuerza, energía, inspiración, porque de ironía vamos sobrados, tenemos a raudales y, de vosotros, queremos otra cosa: fe, entusiasmo».

Para poner esto en práctica el autor a veces se apoya en otros: por ejemplo, señala que «Pawel Florénski dijo no sé dónde: la belleza está en el centro de la fe». Pero en otras ocasiones es completamente directo: «El autor cree en la existencia de un mundo superior, pero no sabe hacer que este mundo se manifieste en la vida cotidiana de su país, de su familia ni en la suya propia. Como máximo, en alguna página de sus libros se pueden detectar algunas tentativas — siempre fallidas, siempre frustradas — de alcanzar aquella región eminente. Solo que, sin estas tentativas, el autor no sería la persona que es y, con toda seguridad, no sería autor».

También, hacia el final, cuenta que está leyendo un libro sobre Tolstoi, de quien había releído recientemente Guerra y paz, «y de repente, justo en el momento de dejar el libro a un lado, sentí (no pensé, sino sentí) que tenía un alma inmortal. No me veo capaz de decirlo o explicarlo de otra manera, aunque me doy cuenta de que suena pretencioso. Pero esto era lo que yo sentía: tenía un alma inmortal. Y mi melancolía se disipó. Me invadió la alegría, una gran alegría, una explosión de alegría. Era como acordarse de algo muy importante después de varias semanas de silencio y vacío: tengo un alma inmortal».

Adam Zagajewski. En la belleza ajena (W cudzym pięknie, 2000). Valencia: Pre-Textos, 2003; 248 pp.; col. Narrativa contemporánea; trad. de Angel Enrique Díaz-Pintado Hilario; ISBN: 84–8191–568–8.

Adam Zagajewski. Una leve exageración (Lekka przesada, 2015). Barcelona: Acantilado, 2019; 345 pp.; trad. de Anna Rubió y Jerzy Slawomirski; ISBN: 978–84–17346–98–0.

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Escribo sobre libros, y especialmente sobre libros infantiles y juveniles, en www.bienvenidosalafiesta.com y en http://librosparajovenes.aceprensa.com.

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