‘Una pena en observación’, de C. S. Lewis

En 1940 C. S. Lewis publicó El problema del dolor, un estudio de antropología filosófica en el que pretendía mostrar la consistencia de las enseñanzas cristianas acerca del dolor y el sentido del sufrimiento, aún teniendo claro que una cosa es la discusión racional y otra la experiencia real del tema, como más tarde pondría de manifiesto al escribir Una pena en observación, en 1961.

En el primero de esos libros afirma que el problema del dolor, en su forma más simple, se formula así: «Si Dios fuera bueno, querría que sus criaturas fueran completamente felices; y si fuera todopoderoso, podría hacer lo que quisiera. Mas como las criaturas no son felices, Dios carece de bondad, de poder o de ambas cosas». Lewis primero indica que «los hombres versados en dialéctica yerran frecuentemente, unas veces por argumentar a partir de datos falsos, y otras por descuido en el propio argumento», y luego, con paciente, bienhumorada y abrumadora lógica, analiza con detalle los aspectos de esa realidad difícil de entender que es el dolor: «El megáfono que Dios usa para despertar a un mundo sordo».

Su propósito es, afirma, «resolver el problema intelectual suscitado por el sufrimiento» y «poner de manifiesto la verosimilitud de la vieja doctrina cristiana sobre la posibilidad de “perfeccionarse por las tribulaciones”», pero que de ninguna manera intenta «enseñar fortaleza y paciencia», tarea para la que no se siente capacitado pues tiene la convicción de que, «cuando llega el momento de sufrir el dolor, ayuda más un poco de valor que un conocimiento abundante; algo de compasión humana más que un gran valor; y la más leve tintura de amor de Dios más que ninguna otra cosa».

En Una pena en observación, después de las anteriores consideraciones intelectuales, Lewis hizo un análisis vital del dolor cuando lo sufrió en su propia carne al morir su esposa. Por su carácter tan personal, no envió el manuscrito a su editorial habitual sino, bajo seudónimo y habiendo tomado la precaución de cambiar el estilo y de darle una estructura diferente a la de otros libros suyos, a T. S. Eliot, editor entonces de Faber & Faber. Pero tanto Eliot como el joven editor Charles Monteith (1921–1995), que había sido alumno de Lewis, se dieron cuenta de quién era el autor. Lo publicaron al fin a nombre de N. W. Clerk, en 1961 y, tras la muerte de Lewis, en 1964, con su firma.

En el primer capítulo el autor está centrado en su propio dolor y reflexiona sobre las distintas formas que va tomando en su interior la pena que siente — miedo, lágrimas, desidia… — y se pregunta, con aspereza y expresiones violentas, dónde se ha metido Dios.

En el segundo empieza señalando que debería pensar más en H., su mujer, y menos en sí mismo. Al mismo tiempo comprende la fragilidad de la fe en Dios que tenía: «es muy fácil decir que confías en la solidez de una cuerda cuando la estás usando simplemente para atar una caja. Pero imagínate que te ves obligado a agarrarte a esa cuerda suspendido sobre un precipicio. Lo primero que descubrirás es que confiabas demasiado en ella». Indica que se ve a sí mismo como «un hombre empeñado en seguir pensando que hay alguna estrategia (que es cuestión de encontrarla) capaz de lograr que el dolor no duela».

En el tercero su comprensión avanza un paso más: «mi amor por H. y mi fe en Dios eran de una calidad muy parecida» y «ambas tuvieron mucho de castillo de naipes». Ante eso, piensa, Dios debió actuar como un «cirujano insobornable»: «Dios ya conocía la calidad de mi fe. Era yo quien no la conocía. (…) Él siempre supo que mi templo era un castillo de naipes. Su única manera de metérmelo en la cabeza era desbaratármelo».

En el cuarto vuelve sobre lo escrito e indica que su intención, al empezar, era la de dibujar un mapa de la tristeza, pero que se había dado cuenta de que la pena no es una comarca sino un proceso. Recapitula sus páginas anteriores así: «mis apuntes han tratado de mí, de H. y de Dios. Por ese orden. Exactamente el orden y las proporciones que no debieran haberse dado». Da entonces unas explicaciones intuitivas sobre lo sucedido: habla de hay una mirada de Dios, «silenciosa y en realidad no exenta de compasión. Como si Dios moviese la cabeza no a manera de rechazo sino esquivando la cuestión. Como diciendo: “Cállate, hijo, que no entiendes”». Apunta cómo, en un momento, tuvo una impresión que describe con la imagen de hombre en la oscuridad de un calabozo que oye un sonido que es como una risa sofocada, y, con ella, «la sensación de que una simplicidad apabullante y desintegradora es la verdadera respuesta».

C. S. Lewis. El problema del dolor (The Problem of Pain, 1940). Madrid: Rialp, 1994; 157 pp.; trad. y prólogo de José Luis del Barco; ISBN: 84–3213–053–2.

C. S. Lewis. Una pena en observación (A Grief Observed, 1961). Madrid: Anagrama, 2017; 103 pp.; colección Panorama de narrativas; versión de Carmen Martín Gaite; ISBN: 978–8433906533.

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Escribo sobre libros, y especialmente sobre libros infantiles y juveniles, en www.bienvenidosalafiesta.com y en http://librosparajovenes.aceprensa.com.

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